Una señora que se define en su perfil como “influencer de valores” (que es como decir “el Embajador del Miedo” o “el Príncipe de la Canción”) puso el grito en el cielo porque la marca más famosa del mundo, Coca-Cola, le ha apostado en su campaña publicitaria vigente en México al impacto de la palabra “chingón”.

Gracias a ello, esta ciberpaladina de la moral recibió un vale de caja bueno por sus 15 warholianos minutos de celebridad (utilícelos sabiamente, doña, y recuerde las palabras del tío Ben: “¡Peter, qué tanto haces en el baño!”).

A Trixia Valle (que así se hace llamar la muy influencer) muy poco le importa que The Coca-Cola Company haya contribuido irresponsablemente a elevar por los cielos los niveles de obesidad, diabetes y muerte por accidente vascular en todo el mundo; le vale que el mercado más cautivo de su deliciosa y perniciosa beberecua sean los niños; le tiene sin cuidado que deje sin agua a muchas comunidades con tal de fabricar su refrescante veneno, como tampoco le quita el sueño que su desmesurada producción de envases de polietileno tereftalato (pet) haya derivado en un nuevo continente de basura flotando a la deriva en el océano.

No, lo que le puede es que la embotelladora haya dejado de ser aquella marca de mensajes positivos, de amistad y de familia (la chispa de la vida), la marca que nos dio a Santa Claus, la Aldea Navideña y los osos Coca-Cola, para decantarse por una nueva comunicación más estridente y más ad hoc con los tiempos.

Trixia Valle no es sólo la encarnación de todas las tías panistas de México, es además la síntesis del pensamiento hipócrita que prevalece en esta era y del que –no dejo de repetir– un día nos habremos de avergonzar muchísimo, como hoy hacemos de los periodos más oscuros de la historia de la humanidad (la época de la lambada, por ejemplo)

Doña Trixia objeta el uso de la palabra chingón que, por discutible que sea, es la piedra angular de la idiosincrasia nacional (para bien o para mal) y ello no es motivo de oprobio o sinónimo de vulgaridad ni –como ella asume– de ausencia de valores. Y no lo digo yo, sino nuestro Premio Nobel de Literatura.

Lo que pasa es que la enunciación de este vocablo maldito atenta contra los muy personales valores de esta influencer que son muy discutibles–esos sí–, pero no el inmenso valor semántico de aquella voz que es versátil cuál señor de Nazaret, pues se puede convertir en verbo, sustantivo, adjetivo, objeto directo, indirecto e interjección, dicho sea parafraseando al que debe ser el poeta más elevado que conoce doña Trixia.

Pero no quería yo realmente ocuparme de esta fiscal de las buenas costumbres como de los tiempos que corren y con los que, como ya dije, está ella en perfecta consonancia.

Los peligros de la corrección estriban en la complacencia que se logra con base en hermosear el discurso, sin importar que de fondo las conductas más aborrecibles queden intactas.

La industria del entretenimiento, por ejemplo (con la que cada vez estoy más enemistado y distanciado), está reescribiendo peligrosamente la historia del mundo, dando un papel preponderante más a las que han sido durante siglos las minorías oprimidas.

El pensamiento más simplista nos conduciría a pensar: “¡Qué bueno que se reivindica así a las minorías!”. Y es que hoy virtualmente no se produce ningún contenido, serie o largometraje que no busque exaltar la nobleza de algún segmento discriminado de la población a través de un personaje que, en la mayoría de los casos, es argumentalmente gratuito y cuyas escenas le aportan cero a la narración.

Y qué lindo que tal inclusión fuese reflejo de la realidad o cuando menos del deseo de los productores de lograr una sociedad más igualitaria. Pero no es sino la forma vigente de hacer relaciones públicas en el ánimo de seguir teniendo ingresos a razón de miles de millones de dólares.

Nos hemos vuelto temerariamente indulgentes con los pecados (presentes y pretéritos) de cualquier organización, por siniestra que sea, en tanto su discurso cubra cierta etiqueta, ya sea mojigata o pseudoliberal.

Tampoco es que me extrañe muchísimo. Después de todo ese es el principio activo de la política –y de los políticos– que nos ha acarreado la desgracia en lo local, lo nacional y a una escala planetaria: permitirles hacer lo que quieran a cambio de que nos endulcen un poco el oído.

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