Varios autores hablan de emociones y sentimientos como si fuesen lo mismo, aunque están intrínsecamente relacionados. Se les puede distinguir; las emociones son impulsos que comportan reacciones automáticas y constituyen un conjunto innato de sistemas de adaptación al medio. En cambio, los sentimientos son el modo en los que se relacionan con la vertiente emocional de la mente, las relaciones que se establecen y el modo en el que se responde ante situaciones experienciales. De manera teórica los sentimientos y emociones se encuentran diferenciados por las diferentes relaciones que ambos tienen con la conciencia y con los procesos psicológicos superiores: los primeros parten de las ideas abstractas y del pensamiento dirigido de forma consciente —bloques de información integrada— mientras que las emociones, no. Éstas suelen ser intensas y su duración no muy larga.

Por ello cuando Biden declaró “hoy vamos a comenzar de nuevo” exaltando a la unidad, prometiendo apegarse a los hechos y la verdad generó una ola de emociones. Las palabras para los ciudadanos estadunidenses y para el mundo de reparar alianzas y de exhaltar a la unidad además de expresar el regreso en su administración de los datos duros, de escuchar a la ciencia y dejar de lado la demagogia, las simulaciones y las mentiras, dibuja la ruta que quiere para su gobierno.

El evento en Washington, ciudad prácticamente sitiada por la Guardia Nacional, contrastó con una ceremonia llena de sentimientos y simbolismos. La coyuntura de una pandemia incontrolable y la pesada sombra de más de 400 mil muertos enmarcó un día diferente, pero sin duda, histórico.  

Biden y Harris encienden una luz de esperanza doméstica para una nación profundamente dividida en un contexto complejo y difícil. Pese a que los mercados reaccionaron con fervor al cambio de estafeta presidencial y Biden comenzó metiendo reversa a varias políticas públicas emprendidas por su antecesor, la realidad suele empezar a colocar perspectiva en muchos de los asuntos. Su mayoría legislativa es mínima y ayer aún no se confirmaban los principales funcionarios de su gabinete.

La intención de borrar con urgencia el legado de Trump —firmando 17 órdenes ejecutivas horas después de juramentar como el presidente número 46 de los Estados Unidos— aunado al inicio de su segundo “impeachment” que los republicanos pretenden empujar para febrero y que tendrá connotaciones negativas, profundizará la división política legislativa justo cuando necesita sacar adelante varias iniciativas.

Trump en su despedida amagó con regresar a pesar del fracasado embate contra la democracia y sus instituciones.

Biden y los demócratas cuentan hoy con el reto de reposicionar la agenda y cumplir con las ambiciosas metas relacionadas con el desbordamiento de la crisis sanitaria y económica. El compromiso de vacunar a 100 millones de personas en los primeros 100 días contrastará con el errático modelo de México donde el gobierno de López Obrador se bate y debate con mentiras, simulaciones y la imperdonable utilización electoral en medio de un pico incontrolable de contagios y miles de muertos.

De tal manera el contexto sanitario no será la única diferencia sustancial en la relación bilateral. Hay varios asuntos delicados que deberán ser resueltos y cada palabra tendrá sus consecuencias.  Y será necesario reconstruir la confianza, ese activo no tangible que ha sido lastimada por actores en ambos lados de la frontera. Y las reglas del juego no serán las mismas. Pero una cosa es irrefutable. Soplan vientos de cambio.

Y de rendición de cuentas.

@GomezZalce