Va en esta tertulia de café mañanero (o de tarde o de noche, en fin, usted lo sabe, con internet no hay día ni noche. Las fronteras naturales se han abolido y los materiales, como este texto, están disponibles perpetuamente en “páginas web”, las cuales son leídas en cualquier parte del mundo y en cualquier horario) una charla un tanto autobiográfica primero, de cómo me inicié en los caminos de lectura y a la par de cómo el ambiente (el clima) define perfectamente no sólo nuestro carácter, templanza o ritmo vital de vida, sino que es columna vertebral en la literatura y en el análisis del quehacer cotidiano. Máxime, y por fin, ha llegado el otoño a la ciudad. El clima más literatura, ¡qué combinación! Iniciamos este café (o lo que guste usted tomar), esta tertulia con usted, señor lector.

Mi hermana la mayor –una de las dos mayores, aunque para uno siempre sigue siendo menor, una hermana menor–, María Cervandina, un día enfermó. Le dio un “mal aire”, dijo mi mamá en ese entonces. Hace años, muchos años atrás en el calendario. Al parecer, había salido recién bañada a la calle, es decir, a la escuela y por ello le dio ese aire insano. ¿Qué le pasó? La boca se le cambió de lugar. Le dio una especie de parálisis facial de la mitad de su hermoso rostro y su expresión era, para decirlo como Stieg Larsson, una sonrisa retorcida. Amén de atiborrarla de vitaminas, le dijeron de la necesidad de ir cada tercer día a terapias faciales de agua y vapor a un consultorio o centro de salud del cual mi memoria ya no guarda su lugar exacto.

Poco a poco y conforme fueron pasando los días, la sonrisa de mi hermana regresó a su sitio. Se le fue endulzando de nuevo su cara y ya podía comer a gusto. En ese entonces era un infante. Mi hermana me llevaba de la mano cuando mi madre no podía acompañarla a las terapias y, mientras era atendida con diligencia y parsimonia, yo esperaba. Esperaba sentado. Pero en dicho consultorio había una serie de revistas a la mano, las cuales amén de tener fotografías e ilustraciones, “contaban historias” de todo tipo. La redacción, las letras entraron por mis ojos y creo, y desde entonces, me hicieron suyo.

¿Sabe cuál era la revista de las cuáles había varias y todas las leí? “Selecciones del Reader’s Digest”. Ya luego conocí los libros editados por José Vasconcelos, “Lecturas Clásicas para Niños”, y leí a un escritor el cual es mi referente desde siempre: Oscar Wilde. Por esto, por él soy escritor. Sus letras calaron muy hondo en mi alfabeto en formación. A esa edad, claro, no sabía que iba a desembocar en esto que ahora soy, pero la lectura me ganó para siempre. Luego vino otro autor entrañable para mí, Charles Dickens. Del cual compro todas sus ediciones una y otra vez. Atesoro las que tienen grabados y láminas antiguas. Un deleite para la mirada y la imaginación. Pero la verdad y cuando me piden que recomiende lecturas, sigo diciendo lo mismo: lean “Selecciones del Reader’s Digest.”

ESQUINA-BAJAN

Decía a inicios de este texto que al darle a mi hermana “un mal aire”, como bien definió mi mamá, y al acompañarle en sus terapias creo recordar, dos o tres veces por semana, fue un detonante (azar y destino a la vez, sin contradicción de por medio) el encontrar esas revistas en la sala de espera y así descubrir ese “nuevo” lenguaje para mí. Y rueda rodando, hace apenas unos días y en mi deambular en Monterrey, mi ciudad adoptiva, fui a su Catedral Metropolitana en pleno centro que arde, Juárez. Fui a presentarle respetos y devoción a la bella Virgen del Roble y en una capilla contigua, a la magnífica Virgen Santa Lucía de Monterrey: poderosas y adorables ambas. Tenía semanas sin ir, por lo cual enfilé mis pasos hacia su morada. La paz y tranquilidad no tardaron en llegar a mi atribulado corazón.

Pero, saliendo, pasé por el mítico Mercado Juárez. Como soy un vago, un ocioso de cepa (mi trabajo me ha costado), entré a ver lo que sus pasillos albergaban. Recordaba vagamente dos o tres puestos de libros y revistas donde se compran y se venden todo tipo de publicaciones. Los autores consagrados aquí valen una bicoca. Lo que importa es que el dinero ruede, así de sencillo. Había una gran pila de re vistas, sí, de “Selecciones…”. Al azar, escogí como cuatro o cinco. ¿Sabe usted el precio? Dos pesos cada una. Me traje dos de 1958, una de 2016 y otra de 1966. Aunque luego le voy a presentar aquí mi reseña en próximo texto (es sorprendente la redacción, el estilo, los temas, los anuncios, ni se digan los conceptos que se vertían de la mujer y su eterno plano secundario, y en fin, merecen un estudio dilatado y puntilloso), las he disfrutado como adolescente. Me gustan sus viñetas, sus dibujos y fotografías. Y claro, vienen autores ya consagrados que aquel entonces aquí colaboraban. Pues sí, un deleite. Al menos para mí.

Avanzamos: el aire, el clima es el armado integral, la columna vertebral, usted lo sabe, en esa novela de proporciones centáureas: “La Montaña Mágica” de Thomas Mann. Claro, hay decenas de textos con este tópico (aquí se los reseñaré y a vuela pluma en próximas entregas de tertulita y café), con esta apuesta y bajo continuo, para decirlo en terminología musical. Ya casi me acabé el espacio: en una novela, ganadora del prestigiado Premio Goncourt francés, “Annam” de Christophe Bataille, texto donde unos misioneros y una tropa francesa van al otro lado del mundo, a Vietnam, para llevar al señor crucificado en la cruz, éstos son devorados por su clima, su geografía y su naturaleza, a la par del descubrimiento de la naturaleza “excesiva”, digamos, del trópico. Los personajes describirán y descubrirán su propia naturaleza, sus pasiones carnales, agazapadas en sus cuerpos los cuales hacen erupción… por el clima reinante en esas tierras, en comparación con los días lerdos, mohosos y fríos de la Francia decadente ya en ese siglo (18).

LETRAS MINÚSCULAS

Lo confieso: en verano nunca escribo nada o poco de valor. Ahora con la llegada del frío y del otoño e invierno, rejuvenezco. Y creo, también mis letras. Regresaré al tema.