Una partitura operística está plagada de retos técnicos y expresivos para el cantante; momentos que requieren una desarrollada capacidad pulmonar o control dinámico de la línea melódica, pasajes donde está comprometida la potencia sonora y la resistencia del intérprete, o bien, lugares en los que mantener la justa afinación es harto difícil. 

La resolución de estas exigencias da lugar a las múltiples galas del canto. Hoy me propongo verter un poco de tinta sobre una de ellas: la coloratura. 

Amamos la velocidad en todas sus expresiones: resulta excitante sentir el raudo desplazamiento de un automóvil, ver la capacidad velocípeda de un campeón en los cien metros planos u obtener resultados ipso facto de nuestras búsquedas en la red. Pues bien, en la pista musical también se realizan exhibiciones velocistas. Viene a mi mente la pianista argentina Martha Argerich, quien en el preludio Op. 28, No. 16 de Chopin, aplica un poco de nitrógeno a sus dedos y saca chispas a la pista blanquinegra. Pero, así como del piano, podemos encontrar aquileos intérpretes del violín, el chelo, la flauta y muchos instrumentos más, dentro de los cuales se cuenta la voz humana. 

En el canto, al veloz despliegue de notas se le llama coloratura, la cual puede presentarse en forma de escalas, arpegios, trémolos y trinos, dando lugar al espectáculo pirotécnico de la voz. El primer gran desarrollo de este recurso tuvo lugar en el barroco musical, que comprendió casi todo el siglo XVII y la mitad del XVIII. Los artífices de tal desarrollo tuvieron apellidos como Vivaldi, Porpora y Händel, quienes materializaron sus composiciones a través de virtuosos como la Bordoni, la Cuzzoni y Farinelli, consiguiendo vertiginosas exhibiciones de rapidez canora. El segundo boom de la coloratura se presentó con el llamado belcanto, esta vez en manos de Rossini, Bellini y Donizetti —por mencionar a quienes conforman la trinidad belcantista. Sin embargo, aquí se dió de manera más equilibrada, siempre en contrapeso con líneas melódicas líricas y extendidas dentro de la misma aria. 

Todo arte, ciencia y oficio tiene sus especialistas; así, no todos los cantantes de ópera poseen el mismo arsenal técnico. Algunas tesituras son más aptas para el despliegue velocista, tanto, que algunas clasificaciones llevan la presteza en el apellido: “soprano coloratura”, por ejemplo. 

En el panteón del canto hay muchos númenes coloraturistas, sin embargo, hoy citaré solo a una de sus deidades: Cecilia Bartoli. Esta mezzosoprano romana nacida en 1966 constituye un hito en lo que tenga que ver con disparar ráfagas de notas. Y si esto fuera poco, también lo hace con belleza.  

Lector, si tienes a la mano tu plataforma favorita de streaming musical, te invito a escuchar el aria “Cadrò ma qual si mira”, de la ópera Berenice. Esta partitura barroca del italiano Francesco Araia exige del cantante, además de agilidad, una capacidad respiratoria (fiato) que le permita sostener decenas de compases de coloratura (exigencias que la Bartoli supera con soberbia). 

Raudas son las coloraturas y rauda es la conclusión de este Ricercare. ¿Qué estamos esperando para regalar a nuestros oídos un poco de pirotecnia vocal?

RICERCARE. 
Alejandro Reyes-Valdés