Vimos en artículos anteriores cómo, según apreciación de algunos críticos, al escribir Miguel de Cervantes El Quijote –aunque lo mismo ocurre en otras de sus obras–, puso en juego su gran ingenio, a través de ironías y el fino humor que le caracterizó, para poder burlarse y aun atacar a la Iglesia católica, a sus representantes y enseñanzas. Todo ello, según asimismo vimos, sin ser molestado mayormente por la Inquisición, a pesar del señalado rigor de ésta.

También vimos que en las diferentes etapas de su vida, particularmente en sus últimos nueve años y a la hora de su muerte, Cervantes fue un devoto, piadosísimo católico. ¿Cómo explicar esa aparente dicotomía o ambigüedad en la actitud y conducta religiosa del autor de El Quijote?

Por lo que hace a su faceta como escritor, cuando en 1925 el erudito español Américo Castro publicó su célebre libro “El pensamiento de Cervantes”, al que ya he hecho referencia aquí, analizó el punto y concluyó que Cervantes fue un “hábil hipócrita”. También lo llamó “gran disimulador”.

Entre el Cervantes ferviente católico “y el Cervantes que ejerce la crítica”, Américo Castro sostiene que “El lazo que mantiene unidas ambas actitudes es la habilidad y el disimulo de Cervantes”(p. 232).

Para claridad de sus lectores, Castro escribe que: “La hipocresía consiste en este caso en encubrir hábilmente el alcance del pensamiento íntimo, en lo que tendría de crítica nociva… si no entendiéramos la hipocresía de esta manera, no alcanzaremos a penetrar el espíritu de la Contrarreforma, cuyo andamiaje (fue) sostenido por el hábil disimulo”(p.232).

El monumental libro “El pensamiento de Cervantes” impreso en 1925 sólo volvió a publicarse hasta casi cincuenta años después, en 1972, con numerosas modificaciones y notas, elaboradas gracias al apoyo que el autor recibió de su discípulo Julio Rodríguez-Puértolas. En una extensa nota al pie de las páginas 227-228, éste aborda el tema. Dice que aunque las expresiones “hipocresía” y “disimulo” aplicadas por Castro a Cervantes resultaron muy polémicas y levantaron mucho polvo, la crítica no tuvo presente que quien por primera vez las usó fue Ortega y Gasset, once años antes, en su libro “Meditaciones del Quijote” publicado en 1914.

A propósito de tal escándalo, en esa nota de pie de página el propio Américo Castro escribe lo siguiente: “Algunos críticos que presurosos pusieron el grito en el cielo por haber yo llamado ‘hipócrita’ a Cervantes, (resulta que ahora desconocen que se trata de una) palabra que desde hace años juzgo inadecuada”, toda vez que así lo había escrito en varios ensayos.

Previamente, en carta fechada el 28 de septiembre de 1969 que Américo Castro escribió a Rodríguez-Puértolas cuando éste preparaba la nueva edición de “El pensamiento de Cervantes”, aquél le dice: “El lector debe tener siempre presente que eso fue escrito entre 1920 y 1925… (y que ha de notar) el cambio radical de mi modo de enfocar a Cervantes en 1925 y 1970…en eso de la “hipócrita”, que fue lo que más cisco armó”(p.19).

En resumen, Américo Castro armó en 1925 gran alboroto en el mundo intelectual al llamar a Miguel de Cervantes “hábil hipócrita”. Décadas después y luego naturalmente de profundizar en el tema y reflexionar en torno al mismo, con gran honradez intelectual el notable erudito español reconoció como inadecuada la expresión aplicada por él al autor de El Quijote. (86)

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