Me informan las redes sociales –la fuente más confiable para enterarnos de noticias falsas– que Netflix planea hacer una adaptación para su plataforma de la obra cumbre de las letras latinoamericanas, “Cien Años de Soledad”.

Anticipo una catástrofe intelectual de magnitudes apocalípticas y es que la adaptación de dicha obra es una empresa de la que es imposible resultar bien librados, tanto la pieza literaria como los carniceros que intentarán practicarle esta abominable cirugía transmutativa de cambio de género: de la novela al guion y de éste a las domésticas pantallas.

El propio Gabriel García Márquez dijo alguna vez que la única condición que ponía para adaptar su novela era que no se dejara fuera una sola palabra, ni una sola coma de su texto, cosa que es sencillamente irrealizable, de allí que debió ser más bien una cláusula insalvable para que jamás alguien se animase a ejecutar tan temerario proyecto.

Tampoco es que el colombiano fuese enemigo de las artes visuales. Él mismo trabajó en un puñado de guiones y su hijo es un interesante director de Hollywood. Es sólo que previó que el trabajo de su vida era muy fácilmente “arruinable” si caía en las ambiciosas manos de un productor.

Pero el dinero es un poder más fuerte que cualquier otro conocido por el hombre, así que los deseos del Premio Nobel se los habrá de pasar Netflix por el “streaming”.

Advierto que no soy dado a las sacralizaciones. Es decir, no me opongo a esta producción inflamado por un sentimiento de que algo puro se está mancillando y que nuestro tesoro literario no debe ser tocado por la máquina imperialista y bla bla bla… aunque ya pensándolo mejor, también ello me resulta ominoso.

Pero mi objeción tiene que ver más con la destrucción intangible que se hará en lo individual y a una escala masiva, muy dentro de cada lector, en el más íntimo ámbito de su imaginario.

Es lo chingón de toda obra literaria que puede ser recreada en la mente de cada lector y no hay de ésta dos versiones iguales. Cada individuo hace su propia adaptación en la mejor plataforma de todas: la imaginación.

Así, aunque haya consagrado el autor su vida entera a describirnos escenarios, personajes y pasajes, cada lector tiene su muy particular imagen de la casa de los Buendía, del rostro del Coronel Aureliano, de la belleza de Remedios –violines–, etcétera.

Si Netflix se empeña en ponerles cara y cuerpo a los habitantes de Macondo, habrá destruido en gran medida el más grande patrimonio de nuestras letras. Y le habrá arruinado para siempre la gozosa experiencia de construir desde cero, sin referentes visuales impuestos, este mundo maravilloso a las mentes de todas las generaciones venideras.

El maestro Javier Villarreal Lozano disertó alguna vez en su clase sobre la gran dificultad de llevar el realismo mágico a la pantalla y es precisamente su elemento mágico, que en el ámbito de las letras funciona porque las leyes físicas están determinadas por el autor desde la belleza de su prosa y uno disculpa cualquier desafío a la lógica con tal de seguir habitando ese mundo de hechizo y palabras.

Pero en las imágenes fabricadas por la industria fílmica, dicha magia, queda reducida a una película propia de Disney o de Harry Potter, que no es bello ni sofisticado, sólo recreativo, básico y pueril.

Y ni siquiera podemos aspirar a una ambiciosa producción lograda con los tradicionales recursos artesanales de la cinematografía como se hizo en sus mejores tiempos con “El Mago de Oz” o “Lo que el Viento se Llevó”. Sino que todo el embrujo, el misterio y el encanto fantástico intrínsecos de las letras “garciamarquesianas” lo vendrá a resolver un grupo de inadaptados cerebritos de la computación en sus ordenadores.

Usted me replicará que ello ocurre incesantemente con otras obras de semejante importancia, desde “Moby Dick” hasta La Biblia, con mejor o peor suerte y que de todos modos, era inevitable.

Sin duda, sí. Pero no me pida que sea indiferente ante este cataclismo cultural, sólo comparable con la compañía bananera arrasando con la exuberante riqueza de aquel paraíso tropical.

De hecho, no podía ser más parecido y, por consiguiente, más irónico.

 

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