Obra de Miguel Sifuentes. / Foto: Especial.
Nada ha desnudado más la derrota de las instituciones –su sobrevalorado alcance y utilidad-, la vacuidad de sus discursos, condescendientes recuentos y macrocifras; el fragor de sus eslóganes y los supuestos alcances y valores esclarecedores de un gobierno y sus aparatos de educación y cultura, que los sucesos del 10 de enero en Torreón. Porque ante ello, todo palidece

El incomprensible acto develó en su brutalidad lo que en el seno de la comunidad ha germinado: derrumbó la mascarada. Nos arrojó al rostro un espejo. Demolió nuestras complacientes certezas.
Y se pregunta uno entonces ¿Cuáles y hasta dónde son los alcances humanizadores de la cultura? Porque, ante el brutal nihilismo de hecho, pareciera que sus efectos son parciales y limitadísimos: ¿Qué pueden realmente las políticas públicas de educación y difusión de la cultura ante la soledad masificada o el entumecimiento espiritual disfrazado de entretenimiento?

¿Son profundos los alcances de ese barniz en una sociedad amaestrada en el azoro, la desconfianza, el individualismo y el culto acrítico al empleo de las armas y la violencia institucional como una garantía de seguridad? ¿Hasta dónde estas estrategias y el clima de horror y omisión vividos en nuestro estado durante más de una década han abonado a los sucesos que hoy nos conmueven?

Torreón, la narrativa coahuilense ha sido oportunista y coyuntural. / Foto: Especial.

Reacciones

Los reflejos fueron previsibles: especialistas instantáneos buscando sus 15 minutos de fama: expertos en armas, sociología, videojuegos, desarrollo psicosocial, salud pública, seguridad… todo criterio se vio rebasado, insuficiente, inútil.  Y fue momento de contraponer los “productos culturales” erigidos a la misma luz y el caldo del contexto: novelas sobre violencia, crónicas de la barbarie, recuentos históricos, reportajes que buscaban “contar la verdad”; reducidos casi todos a productos de una autorreferencialidad egotista que sería risible de no ser patética. Plásticos coyunturales y coyunturales que deslumbraron a más de un editor ajeno e ingenuo.

Y algunos medios se pusieron a regañarnos –sí, los mismos que durante décadas hicieron de la barbarie y la muerte un espectáculo-; otros pidieron abrazar a los hijos, invadir su intimidad, otear las amenazas misteriosas que flotan en el aire. En un periódico extranjero, el mismo ex poeta que escribió el libro blanco de Fuerza Coahuila –una de las corporaciones con más quejas en materia de derechos humanos- lamentó que los niños pudieran usar pistolas. Todos se unieron al coro. Hasta la misma fiscalía que se ha declarado incapaz de establecer cómo un infante de once años tuvo acceso a armas de uso restringido. Sí, la misma que hace apenas unos meses sembró una pistola junto al cadáver del migrante que sus mismos miembros acababan de asesinar frente a sus hijos. ¿Para qué el arte y la cultura? O cómo dijo un ex amigo ¿Dónde está la escuela filosófica de la Atenas de México?

Digo, para que nos explique.

Torreón, el presunto recuento histórico ha sido solo vehículo del interés geopolítico y de una autorreferencialidad egotista agotada. / Foto: Especial.

Amargo lugar sin nombre

Libros por encargo del gobernador: “novelas” sobre matanzas para el golpeteo político, libros sobre balaceras, relatorías del narco, obra gráfica sobre la violencia, seudo crónicas “posnorteñas”, odas adolescentes a la droga, poemarios sobre el parricidio, chamanismo new age, explicación de los orígenes, aplicados reportajes: nada alcanza, nada explica; nada es suficiente.  Tampoco, como dijo un colega: “Todos somos culpables”, por que al repartir la culpabilidad, se esfuman oportunamente las responsabilidades institucionales y las omisiones personales, específicas. No veo en el aire ni la intención ni el asomo de una verdadera y profunda autocrítica. Igual que el suceso de por estas mismas fechas hace tres años en Monterrey.

Tampoco ante el caso del asesino de Cumbres aquella sociedad hizo un autoexamen. Casi todo se volvió espectáculo, fugaz noticia, pretexto de rating, conformaciones de Mesas, Estrategias, Diálogos que fueron casi todos monólogo.
Según el INEGI, en Torreón, durante una década, ocurrieron casi 3 mil homicidios de alto impacto. En el Estado, desde hace más de una década, según datos oficiales, permanecen más de 2 mil personas desaparecidas. Sí: 2 mil.
Yo no voy a ponerme a pontificar, mucho menos a ofrecer respuestas ni soluciones. 

Hoy, en el agobio y la deriva, intentaré asirme eventualmente a ese tronco flotante en las oscuras aguas llamado Heidegger: apelaré a su “pregunta por el ser”, una pregunta que tendría –entre otras cosas- que abandonar su dimensión encubierta y recuperar su vocación histórica. Aclarar en qué consiste “ser”.

En Coahuila  ¿Qué nos impide ser?

 

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