La Sierra de la niñez, la que tardó decenios en alcanzar las dimensiones y frondosidad que tenía hasta hace muy poco tiempo, se transfiguró a causa del fuego provocado por irresponsables criminales.

La vida que ahí crecía, la protectora de huracanes, la dadora de oxígeno, quedó truncada. Y ahora, por lo mínimo se espera se haga justicia contra los responsables del ecocidio. El término alude a la destrucción de un hábitat, y resulta irreversible desde el momento en que es notoria la falta de capacidad de regenerarse el ecosistema en donde tiene lugar.

Se cegó la vida en más de tres mil hectáreas de nuestra sierra y lo que en ella tenía existencia. Árboles a los que costaron decenas y decenas de años todos en alcanzar la plena madurez, no ayudada precisamente por los humanos, a los que ahora debe su destrucción.

Obligados por el fuego, la vida en los poblados cambió para siempre. ¿Cuánto tiempo para regenerarse de nuevo la Naturaleza? Si hay suerte, evitando la invasora depredación humana, lo logre en los próximos cincuenta años de nuevo.

De nuevo, insistir en las lecciones que esto deja: sancionar a los responsables; dar a conocer las penas, que sean significativamente justas al daño ecológico inferido; educación ambiental: desde ahora, ser mucho más insistentes en esta materia desde la enseñanza básica hasta las universidades; guardia estricta, lo más posible, hasta donde ello lo permita, por las propias características de lo que es necesario vigilar.

Y muy importante: la prevención ante los casos como fue el aquí visto. La posibilidad de que de los mismos poblados cercanos a los lugares se establezcan comités para el resguardo, la creación de brechas que impidan el avance del fuego, pudiera ser factible de tomarse en consideración.

Esta propuesta, escuchada a un ingeniero agrónomo, resulta de interés, pues favorece las oportunidades de trabajo a quienes están en contacto directo con el medio ambiente en que esto es susceptible de ocurrir, hecho que sin duda es una ventaja adicional, pues conocerlo es un extra importante.

Tradicionalmente, la perspectiva que se ha dado a la Sierra de Arteaga ha tenido más que ver con ir de paseo, para los locales, y hacer turismo para los foráneos. En Saltillo, el acudir a la sierra se constituyó en viaje obligado de vacaciones. De paseo ineludible los fines de semana.

Debe ser revalorado este punto de vista. Ahora, debemos pensar en la necesidad de buscar quiénes se comprometen a su protección. Una buena idea me parece la de fomentar entre los habitantes cercanos a ella a colaborar efectivamente en trabajos relacionados con salvaguardar el territorio. Y otra, desde la ciudad, ser más activos en tareas de rescate, que involucren a Saltillo, Arteaga y Ramos Arizpe, municipios de Coahuila directamente interesados en que a las sierras que nos circundan les vaya bien.

Planear y trabajar colectivamente, así como se demostró en la unión cuando el incendio estuvo vivo, apoyando desde los distintos medios para dotar de alimentación y herramientas a los valientes brigadistas.

Es lo que necesitamos ahora, y lanzar la convocatoria para ello sería el gran logro después de haber padecido una catástrofe de fundamentales repercusiones.

Fueron la flora y la fauna de la región; vida devastada. El incendio fue finalmente abatido en el transcurso de la Semana Santa. Los maderos cayeron vencidos. Hablará bien esta época si encontramos el modo de volver hacer que renazca la vida. Hablará bien de cada uno de nosotros, comprometidos en su cuidado, en su preservación, en su vigilancia.