Urge un arte que mire hacia los aspectos más terribles de nuestra realidad; que los cuestione y los resignifique. Pero ya Calvino nos enseñó que la multiplicidad no es un asunto para improvisados. Sin criterios curatoriales articulados, las mejores intenciones se vuelven contradictorias, y hasta aberrantes

A propósito del 8 de marzo, el colectivo RUMA y la agencia Liquen presentaron en la galería de la AIDH una muestra donde 50 artistas mujeres trabajaron sobre cráneos de material sintético, para crear un homenaje a las víctimas de feminicidio en Coahuila. Todo bien hasta ahí: un tema más que necesario, urgente. Sin embargo, a pesar de artistas de reconocida trayectoria y talento, la muestra adolece de una incoherencia conceptual terrible. Un problema, que más que de la obra o el tema, parte desde la misma concepción de la curaduría. Dicha inconsistencia inicia cuando el homenaje colectivo a las víctimas de feminicidio se presenta como un “tzompantli”. Porque, como ha escrito el doctor Eduardo Matos Moctezuma, autoridad en torno al mundo precolombino, en éste “los cráneos de las víctimas eran ensartados, pues se pretendía también matar al “tonali” o alma, tras quitarle la vida. Así, la aniquilación era total y no le permitía acceder a otros mundos tras su asesinato.” Lo que ya se sabe: la empalizada o pared de cráneos no tuvo nunca un carácter de homenaje a las víctimas, sino al contrario, de ostentación desde una cultura guerrera. Entonces, decir hoy que vas a hacer un tzompantli para homenajear a las víctimas de feminicidio en un contexto actual es por lo menos un despropósito. Recordemos además que muchos de estos casos son resultado de una cultura de violencia derivada de la guerra del narco, con sus desapariciones, asesinatos masivos, trata de personas y mutilaciones que conformó toda una semántica con los cuerpos y su profanación: los colgados, mutilados, descabezados, vendados, víctimas todas de una guerra atroz.

La pretensión de homenajear a las víctimas de feminicidio desde el concepto del tzompantli no solo es contradictorio sino insensible y aberrante.

Resignificación y violencia disciplinaria

Si vivimos ya hace una década el horror de una cultura no sólo de hiperviolencia y formas inusitadas del asesinato y la profanación corporal (leer a David Pavón Cuéllar) ¿Desde qué perspectiva teórica, histórica, feminista, se le ocurre a alguien decir que se está haciendo un homenaje a  las mujeres, poniendo las cabezas que las simbolizan en un tzompantli?

La pifia se vuelve monumental cuando la muestra se exhibe en una de las galerías más importantes de la ciudad, acentuada por el hecho de ser auspiciada por la Academia Interamericana de Derechos Humanos ¿Para qué le sirven tantos millones de presupuesto y tantos especialistas a esta institución si les es imposible articular un discurso curatorial coherente en torno a un fenómeno tan urgente y tan grave? No se malinterprete mi señalamiento. Hay piezas valiosas, interesantes, potentes. Pero ¿Cuál es el vínculo de aquello con esto? Se puede balbucear la sobada salida de la “resignificación”, pero ello no basta para ocultar el concepto originario ¿Qué tiene qué ver ese alarde mesoamericano con las víctimas del feminicidio de Coahuila?

Podría decirse que es una versión moderna. Sin embargo, el tzompantli de ninguna forma puede ser una conmemoración, tributo o recuerdo respetuoso. No olvidar, que trátese de las guerras floridas o narcas, la ostentación de los cuerpos torturados y su profanación es algo que los estudiosos ha denominado “violencia disciplinaria”; una demostración que trasciende la destrucción más allá de la muerte, derivada de las tácticas de contra insurgencia exportadas por Norteamérica a los ejércitos del tercer mundo y filtradas a las tácticas delincuenciales (Leer El arma en el hombre, de Horacio Castellanos Moya o Cero cero cero, de Roberto Saviano).

 

La demagogia sintomática

Entonces ¿Cómo hablar de conmemoración desde el arte sobre el tema del feminicidio, valiéndose como referencia original de un recurso de profanación? Una resignificación implicaría un vínculo político, histórico, crítico; una línea clara entre la referencia original y la presunta “resignificación”. Lo que nos regresa a Calvino: para enunciar discursos artísticos solventes urge que quienes se asumen como curadores investiguen, lean, se preparen. No basta argumentar desde el facilismo y la ocurrencia. Porque estas inconsistencias teóricas en el arte coahuilense son ya sintomáticas, como aquella que planteaba desde otra colectiva “curar el trauma de la Batalla de la Angostura en Saltillo” como si éste hubiera existido. Luego, lo grave es que esta mentira y esta demagogia permean en todas direcciones. Hasta un despistado reportero repitió como lorito que el arte puede curar “y sanar las heridas en la memoria", pero ¿un arte mal enunciado tiene poder curador? ¿Cómo? ¿Por que lo dice alguien? ¿Por que lo auspicia una millonaria institución que dice defender los derechos humanos? Al final ¿Qué le alcanza a las víctimas de todos estos discursos y estas buenas intenciones? Si el trabajo curatorial sigue partiendo de la ocurrencia, se seguirá creyendo, como aquella autora foránea, defendida encarnizadamente por ciertos gestores culturales de la ciudad, que orinar sobre un petroglifo es arte. 

En conclusión, este concepto curatorial no sólo es contradictorio, sino de una torpeza y una insensibilidad pasmosa ¿Cómo es posible que tanta gente -curadores, galeristas, especialistas en derechos humanos, artistas, prensa cultural- no hayan reparado en ello? ¿Qué le van a decir en la muestra a los familiares de las mujeres asesinadas? ¿Que están replicando lo que los aztecas hacían con sus víctimas? Ya lo dijo el gran Sergio González Rodríguez, en un libro indispensable sobre la cultura de la decapitación desde los tiempos ancestrales de nuestro país:

“El decapitador se asume como mensajero del lado oscuro de la humanidad, se ve como el reimplantador del reino de la muerte y el salvajismo vasto que nombra la destrucción e impone un sentido negativo en el mundo”.

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