Hablábamos de ese prodigio literario llamado “Cien Años de Soledad”, del que se puede disertar una indecible cantidad de volúmenes más gruesos que la propia obra.

¿Ya le dije que Netflix anunció su intención de adaptarla como teleserie para su plataforma? ¿Sí, verdad? Bueno, gracias por haberme permitido plañir y desahogarme sobre la que considero desde ya –y muy independientemente del resultado– una equivocación sin retorno.

La ocasión me hizo, sin embargo, evocar algunos de mis pasajes favoritos del libro y me acordé de las orgiásticas celebraciones organizadas, al menor pretexto, por Aureliano Segundo.

“Apártense vacas –gritaba Aureliano Segundo en el paroxismo de la fiesta–. Apártense que lavida es corta”.

“Nunca tuvo mejor semblante, ni lo quisieron más, ni fue más desaforado el paritorio de sus animales. Se sacrificaban tantas reses, tantos cerdos y gallinas en las interminables parrandas, que la tierra del patio se volvió negra y lodosa de tanta sangre. Aquello era un eterno tiradero de huesos y tripas, un muladar de sobras, y había que estar quemando recámaras de dinamita a todas horas para que los gallinazos no les sacaran los ojos a los invitados. Aureliano Segundo se volvió gordo, violáceo, atortugado, a consecuencia de un apetito apenas comparable al de José Arcadio cuando regresó de la vuelta al mundo. El prestigio de su desmandada voracidad, de su inmensa capacidad de despilfarro, de su hospitalidad sin precedente, rebasó los límites de la ciénaga y atrajo a los glotones mejor calificados del litoral”.

Y este segmento me hizo recordar a su vez las fiestas que nuestro hoy gobernador, Miguel Ángel Riquelme (Moreira) Solís, solía montar para celebración de su grata persona.

Quiero aclarar que yo jamás asistí a sus pachangones de miedo, pero confieso que con gusto habría  traficado órganos de niños del tercer mundo al primero con tal de colarme en alguno de sus festejos y es que, de acuerdo con las reseñas de la prensa, don Mickey no se andaba con pobrezas y ofrecía viandas y chupe como para volver abstinente a un ejército de cosacos.

De acuerdo con una nota de El Universal de 2016, con motivo de su cumpleaños, el lagunero y heredero del moreirato sirvió un convite para unos mil 500 invitados –no olvidemos que por aquellas fechas, el otro viejo tenebroso, su jefe, Rubén Moreira, quería meternos a su pupilo hasta por los ojos, nomás porque nuestra vía rectal ya la tenía ocupada él mismo.

Es obvio que Miguel Ángel y Rubén Ignacio no se pusieron a cocinar –a ellos se les da mejor el lavado y planchado de dinero público–, así que se mandó traer cortes finos, cabrito, mariscos, carnitas, quesos, con vinos de todas clases y espectáculos de música en vivo. ¡Cuál méndiga austeridad!

El cálculo conservador de El Universal es de un millón de pesos, pero lo cierto es que se baja el cero y no contiene. No sale. Si no me cree, pida una cena con todo lo arriba mencionado y multiplíquelo por mil o mil 500. Comprobará que el millón se fue en puras propinas para el servicio.

Y es por eso que hoy me parece increíble que este remedo de Enrique VIII, el señor de los Rolex, se congratule en anunciarnos sus innovadores programas sociales tales como la tarjeta “La Mera Mera”, un monedero electrónico que otorga al feliz poseedor diversos supuestos beneficios, además de 200 pesotes para que las familias se apoyen con productos de la canasta básica, ya “usté” sabe, con la intercesión de las lideresas tricolores.

O el “Certamen Familia Fuerte 2019”, mediante el cual se seleccionará a 15 familias que afronten alguna situación particularmente difícil y que las vuelva “ejemplo de fortaleza y entrega”.

La convocatoria es ambigua, pero luego de muchos circunloquios, lo que nos quieren decir es que se dará un apoyo de 20 mil pesos a 15 familias que, a criterio de un jurado, la estén pasando especialmente de la chingada.

Y con ello, el Estado podrá presumirnos su sensibilidad y compromiso para con la célula básica de la sociedad, siendo que en realidad es el Estado el que se está trepando de la jodidez y desgracia de los coahuilenses para sacarse una selfie, autocongratularse y decirse a sí mismo #QuéChidosSomos!

Es obvio, sin embargo, que los premios de las 15 familias y muy seguramente todo lo que se reparta en tarjetas “La Mera Mera” –¡qué pinche nombre más payaso y ofensivo para nuestra pobreza!– no cubre lo que se gasta el señor Riquelme en sus piñatas con motivo de su natalicio.

Ello pone de manifiesto lo que vale un ciudadano en comparación con sus gobernantes, de acuerdo con la escala de valores de estos últimos. Quiero decir que cien plebeyos no valen lo que un Riquelme o cualquiera de sus invitados comensales.

Dicho de otra forma: el pueblo sigue recogiendo las migajas que deja caer de su  mesa, imposible de tan abundante, nuestra distinguida latrocracia.

A propósito: la nota de El Universal señala que Riquelme, percibía entonces, como Alcalde de la hermana república de Torreón, algo así como 900 mil pesos al año. Es decir, que ni con un año de su sueldo íntegro podía pagarse una bacanal así.

¿Quién la pagó entonces? Le apuesto doble contra sencillo que se la pagamos entre todos, con la poderosa firma del otro pobre anémico, el nútrete, mídete, mánchate, obeso “caemebién” de Rubén Ignacio Moreira.

¡Ojala que un día, Diosito y la DEA, nos los guarden muchos años!

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