La radio mantuvo a varias generaciones atentas a los acontecimientos ocurridos a su alrededor y en el mundo: en torno a ella la posibilidad de informarse, de entretenerse, de divertirse.

Fue fundamental en la transmisión de noticias que impactaban en lo inmediato. Los hechos de la guerra eran a través de ella conocidos aquí y en una buena parte del mundo. Su papel, de trascendencia, se retrató de manera elocuente en la película El discurso del rey, en la cual se observa cómo el rey Jorge VI de Inglaterra da a conocer a sus súbditos la declaración de guerra a Alemania en 1939. El pueblo entero estaba al pendiente de sus palabras, que, por su tartamudez, hubo de trabajar con el fonoaudiólogo Lionel Logue ante la inminencia del mensaje que daría por radio.

Nuestros padres y abuelos se entretuvieron con programas de radio como El Monje Loco y El Derecho de Nacer, producción cubana que después tendría su remake en México igual en radio, para el cine, la televisión y en forma de historieta.

Se transmitía la música de moda y piezas clásicas. La radio jugó, para nuestros padres y abuelos, un papel importante a la hora de formar gustos e identidades.

Asombraría la televisión, esa caja de la que no salían exclusivamente sonidos. La imagen fascinó y con ella la posibilidad de la simultaneidad. Los hechos que estaban ocurriendo podían ser vistos en el momento, hecho que, sin embargo, no logró desbancar a los medios impresos. La gente acudía a los periódicos para ampliar la información que poco antes había sido escuchada y vista en el televisor.

Hablando de educación, el escritor Fernando Savater reflexiona en que la televisión vino a sustituir una parte importante de la que se daba de manera natural en los hogares. Antes, señala Savater, los hijos crecían entre las madres, los ancianos y los criados. En el seno de casa se escuchaban historias de los adultos y había respeto por lo que ahí se escuchaba. Incluso, de los silencios de los hogares también se aprendía y no había quién cuestionara esos silencios porque la madurez no había llegado al pequeño miembro de la familia. Sería este, con el paso del tiempo, el que asumiera lo aprendido, lo digiriera y lo entendiera. Otra vez: con el paso del tiempo.

La televisión llegó y sus contenidos simples se extendieron como un manto sobre la familia. Estando o no los padres, el aparato televisor se convirtió en una nana y a través de él los niños aprendieron, entre comillas, un mundo que les estaba vedado en otro momento. Un mundo para el cual aún les faltaba madurez.

Si eso pasaba con la televisión, lo que ocurre hoy ante la creación y rápida expansión de las redes sociales, da para mucha reflexión. Sigue el esquema de padres ausentes y niños y jóvenes que necesitan ser entretenidos. Aunado a ello, la falta de seguridad en las calles, que es una realidad, el cóctel se vuelve peligroso para crear un tipo de hombre moderno solitario, narcisista y poco preocupado del entorno social.

Curiosa y paradójicamente, en las redes sociales se promueve ilusoriamente asimismo lo contrario: la necesidad de compartir, de ser visto, de ser oído, de que alguien esté mirando los propios contenidos para ser feliz.

El escritor Sealtiel Alatriste, sometido a un proceso de desprestigio tremendo al ser acusado de plagio hace unos años, lo decía en una entrevista de esta manera: en 1948, George Orwell creó la novela futurista “1984”, en la que pintaba a una sociedad que temía ser observada todo el tiempo por “El Gran Hermano”. Hoy, explicaba Alatriste, la sociedad teme no ser observada. Su vida privada no le pertenece, dice. Pero no solo eso: No quiere que le pertenezca.

Ante el momento que vivimos, ¿qué esperamos de la comunicación? ¿Y cómo se dará en el futuro inmediato y a largo plazo en aras de una búsqueda de bien común? La preeminencia de contenidos simples, de tornar lo sagrado, como es la vida y la muerte, en asuntos de la menor importancia, es algo que debiera preocuparnos porque esta manera de ver el mundo está tocando a nuestras puertas y quién sabe qué pasará en cuanto esté cómodamente instalada en el sofá.