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Lo que ha colocado el sexismo en el centro de la campaña ha sido Trump, sometido desde hace 10 días a una batería de acusaciones que recuerdan a la que hace unos meses afrontó el actor Bill Cosby

WASHINTON.- Las palabras y supuestos actos de Trump han abierto una discusión nacional, uno de estos debates que colocan a EU en el diván. En las oficinas, en los programas de TV, en las redes sociales se rompen un tabú y se empieza a hablar de las situaciones cotidianas de hostilidad y agresión sexual.

Ha ocurrido algo similar con el racismo en los años de Obama, cuando los casos de violencia policial contra negros han sacado a flote la opresión soterrada en la que viven muchos afroamericanos y ha confrontado a los blancos con la situación de privilegio en la que viven.

No es casualidad que esto haya sucedido con el primer Presidente negro en la Casa Blanca. No es pese a Obama, sino, en parte, debido a él que EU discute sobre la pervivencia del racismo.

Con Obama la herida racial ha quedado expuesta en carne viva. Con Trump es la herida sexista la que aparece bajo los focos intensos de la campaña electoral, y en toda su crudeza.

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Porque no ha sido Clinton, la primera mujer nominada por un gran partido, la que ha suscitado este debate. Al contrario, contrasta el escaso entusiasmo por la posibilidad de una mujer en la Casa Blanca con la emoción que rodeó la victoria en 2008 del primer negro.

Lo que ha colocado el sexismo en el centro de la campaña ha sido Trump, sometido desde hace 10 días a una batería de acusaciones que recuerdan a la que hace unos meses afrontó el actor Bill Cosby, quien todavía no ha sido condenado, pero el jurado de la opinión pública ya lo sentenció. A Trump puede ocurrirle igual.

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