Qué extraño. Toma entre sus manos una taza que por la compra de enseres domésticos le dieron de obsequio junto con otras piezas de vajilla, y llega a su memoria un recuerdo que tenía no enterrado para siempre, pero sí en un subconsciente lejano.

Un día, cuentan que la abuela, nacida apenas unos pocos años antes de la Primera Guerra Mundial y que vio pasar la Segunda, acostumbrada entonces a los rigores de una vida difícil, recibió en los años setenta, como obsequio una lavadora, por parte de uno de sus hijos.

Pasaron unos días para que el hijo la visitara de nuevo y se diera cuenta de que no la utilizaba. Le pregunta la razón y ella contesta: “No quiero que se gaste”. Sonriendo, el hijo le dice: “De que se gaste ella a que se gaste usted, mejor que se gaste ella”.

Viene a cuento el relato porque los tiempos difíciles que se vivieron a principios del siglo veinte, en México particularmente el movimiento armado, las dos guerras mundiales, la Gran Depresión, hicieron que las familias vivieran con lo justo y muchas veces ni con ello. Años hubo en que la hambruna azotó a todo el país. No habría razón para que los padres no desearan proporcionar a sus hijos medios para una vida en la que pudieran disfrutar de mejores medios y mayor comodidad, distintos a la que hasta entonces ellos vivieron.

La siguiente generación, las siguientes generaciones se enfrentaron a situaciones distintas, en sociedades diferentes, con roles para las mujeres también variados. La plancha eléctrica, la lavadora, la secadora vinieron a acompañar un ritmo que hizo la vida diferente tanto para mujeres como para hombres.

Hoy se alza alguna voz, con peso para la nación, para desechar la idea de que en el seno de la sociedad, el pueblo, se le insiste en llamar, no necesita de comodidades. Que con tener un par de zapatos es suficiente. No se trata del par de zapatos, por supuesto, sino lo que esa imagen lleva a proyectar. No es justa la visión de denostar el legítimo deseo de una y otra generación para que sus hijos tengan los medios suficientes que les permitan tener una vida no dispendiosa, sino lo suficientemente cómoda para poder llevar a cabo las necesidades de trabajo cotidiano y de relaciones sociales.

Por supuesto, no es la idea hacer una exaltación de derroche y de abuso. Claro que no. Nadie, éticamente, debiera perseguir eso en sociedades tan pobres como las que vivimos, aunque por desgracia sí ocurre. Lo que aquí se defiende es el derecho a tener la libertad para alcanzar niveles de vida decorosos. El determinar qué comprar y cómo comprarlo; por qué hacerlo y por qué no hacerlo debiera quedarse en el nivel de conciencia personal y social. Pero no desde el gobierno que presenta un sentido personal de austeridad del titular, como es el caso del presidente, que se acerca mucho a un gobierno autoritario.

 

COMUNICACIÓN Y LOS CUBREBOCAS

Suelen ser sutiles las barreras entre lo que se desea decir y lo que realmente se dice.

El subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, asegura ahora que nunca estuvo en contra de los cubrebocas. Pero él insistía en que solamente eran una medida precautoria, al igual que lavarse las manos, para protegerse del coronavirus. Decía que la gente se olvidaría de otras medidas porque se sentiría protegida al traerlo puesto, y que el virus también entra por los ojos. Y que muchos no seguirían el uso consistente que se requiere, declinando con estas palabras la fuerza de tener que usarlo.

Al insistir en eso en los primeros meses de la pandemia, causó confusión entre la población. Hubiera sido mejor enfatizar en que el uso sí es indispensable y que hay que hacerlo de manera consistente, en efecto. Y que traerlo puesto protege definitivamente al de enfrente. No invitando a la confusión, como lo hizo, al sugerir que no había evidencia científica que sostuviera que con su empleo se detuvieran los contagios.