“Entre tus manos está mi vida, Señor.

Entre tus manos pongo mi existir.

Hay que morir, para vivir.

Entre tus manos confío mi ser.

Si el grano de trigo no muere,

si no muere solo quedará,

pero si muere en abundancia dará

un fruto eterno que no morirá”.

 

No soy experto en música sacra, pero este es el himno de contenido más profundo que conozco. Siempre que se canta me conmueve e invita a reflexionar. Percibo en sus estrofas que atiende o aborda tres frentes.

Primero el abandono al ser superior y sobrenatural que llamamos Dios. En seguida tenemos el morir como prerrequisito para ese abandono, muerte simbolizada en el grano de trigo que, para germinar, debe morir. Para el ser humano se trata de morir al yo falso que se integra conforme a los convencionalismos que impone la sociedad, desde una lógica económica egoísta que inmuniza a las necesidades del prójimo. La tercera lección es la propia muerte, el final del camino en nuestra vida terrena.

En estos dos frentes, pero sobretodo en el segundo, el resultado es absoluto: morir después de abandonarse genera frutos abundantes, eternos, imperecederos. Lo opuesto, no morir, también es escalofriantemente cierto: si el grano de trigo no muere, no germinará, quedará solo. Ahí, sin más.

Cuando muere el justo, el valiente, que se sacrificó por un bien mayor y se entregó a los demás, su muerte suele despertar sentimientos encontrados. En “Romero”, de Raúl Julia, filme que da vida a ese gigante salvadoreño y universal que fue el arzobispo Óscar Arnulfo Romero, hoy Santo, indigna la forma artera en que fue asesinado. Pero con gran tino y ejemplos concretos, el film pone de manifiesto los abundantes frutos de esa entrega. Al final es lo que cuenta.

Aquí, entre nosotros, Pedro Pantoja fue ese grano de trigo que entregó su vida al Dios que vive en los seres humanos más necesitados y marginados de nuestra sociedad, los migrantes que vienen de otras tierras, que abandonaron todo para salvar la vida, que arriesgaron todo para obtener lo que, por derecho, deberíamos tener todos. Es el derecho a la vida plena, con el que nacemos, y la injusticia no puede ni debe arrebatar a nadie.

Sabemos que los migrantes buscan una mejor vida, seguridad, trabajo, dinero para comer, para vestir, para dormir bajo techo, en suma para vivir. Todo ello constituye lo que solemos llamar dignidad humana. Con ella arrancamos en la vida, supuestamente parejos, las realidades estructurales, poco a poco, lo arrebatan a muchos y resulta injusto, disparejo.

El Padre Pantoja terminó este “Día del Migrante” su gran misión en esta vida. Su fruto será grande, abundante e imperecedero. Ya tenemos la fotografía completa de su vida, de su paso por este mundo que nos marcó a muchos. Caminó desde la sencillez, desde la humildad, desde el servicio desinteresado, desde la experiencia de su propia pobreza, muy al contrario de lo que este mundo nos marca como deseable. “El mundo nos dice que vayamos tras el éxito, el poder y el dinero, Dios nos dice que busquemos la humildad, el servicio y el amor” (Papa Francisco). Descanse en paz este gigante de Coahuila y del género humano.