Fotos: VanguardiaMayra Franco/Orlando Sifuentes
La conferencia ‘Pobladores del mundo otomí: Dueños, jefes y artesanos en relación’, impartida por la antropóloga Karina Munguía, reveló cómo esta cultura se ha adaptado al mundo capitalista y mercantil en que vivimos

El pueblo de San Pablito, Pahuatlán, Puebla, es llamado por los antropólogos el “último bastión” de la manufactura tradicional del papel amate. Las demás comunidades de la Sierra Norte de Puebla ya no se dedican a esta producción y en la conferencia “Pobladores del mundo otomí: Dueños, jefes y artesanos en relación”, la maestra Karina Munguía explicó a los asistentes las implicaciones socio-culturales y medioambientales de esta situación.

Para los otomíes la naturaleza está cargada de energías que denominan “dueños” o “señores”, Karina explicó que “con ellos el humano se relaciona, con ellos se negocia la salud, la comida, con ellos se va a negociar el bienestar en el mundo”.

Los rituales se encargan, entonces, de que estas negociaciones sean llevadas a buen fin. Como sucede con otras culturas y en prácticamente cualquier religión, sólo unos cuantos están calificados para realizar cualquier tipo de actividad ritual, de las cuales los otomíes tienen varias. En su caso, a este rol de “chamán” se le denomina bãdi.

Karina Munguía, antropóloga del INAH, explicó que para los otomíes la naturaleza está cargada de energías. Fotos: VanguardiaMayra Franco/Orlando Sifuentes

El ritual explicado con mayor ahínco por la antropóloga fue el de darle “cuerpo” a estos espíritus. Aunque tiene variantes, principalmente se realiza por el bãdi a través del recorte del papel amate. Dependiendo de la situación la figura recortada varía, pero en esencia se trata de perfiles humanos con características animales, demoníacas o también en ocasiones portando algún instrumento o arma.

A través de esta acción, aunado a un extenso ritual lleno de simbolismos, se le da “cuerpo” a un espíritu para que “ahora sí, de hombre a hombre, se pueda establecer un diálogo”, afirmó la maestra Munguía.

Sin embargo, aunque aún existen los bãdis y estos rituales se llevan a cabo de manera tradicional, la comercialización y producción en serie del papel amate en San Pablito ha desacralizado esta práctica en otro aspecto su población.

Fotos: VanguardiaMayra Franco/Orlando Sifuentes

Durante el siglo pasado, en palabras de la maestra, “un desfile de antropólogos, investigadores y universidades”, además del consumo turístico de piezas exóticas indígenas, comenzó no sólo a estudiar las prácticas del poblado, sino también a influenciarlas. El caso más relevante es el de la introducción de la sosa caústica en la producción del papel amate.

La hechura del papel requiere del remojo en agua hirviendo de las cortezas de ficus. Esto tomaba varios días, hasta que una universidad (cuyo nombre prefirió no mencionar), introdujo la sosa caústica como catalizador para suavizar las fibras en menor tiempo y, con ello, mejorar los tiempos de producción.

Esto, lamentablemente, no fue incorporado de manera adecuada, y ahora los suministros acuíferos naturales de la región se han visto seriamente afectados, impidiéndoles la utilización de esta agua para fines domésticos y disminuyendo la población de fauna marina en los ríos.

De modo similar, la sobreexplotación de los recursos forestales ha puesto en peligro de extinción varias especies de árboles utilizados para la extracción de la corteza. Aunque en este caso, ya se están tomando medidas al respecto.

Fotos: VanguardiaMayra Franco/Orlando Sifuentes

En años recientes se ha promovido la utilización de la corteza de otras especies de árboles, importados por supuesto, para la producción del amate, lo cual ha resultado muy apropiado con la mentalidad mercantil que los pobladores de San Pablito han ido adoptando.

El punto principal de la conferencia fue precisamente la presentación de las contradicciones entre la sacralidad de los rituales que aún se realizan y la desacralización que se ha impuesto sobre la producción en serie del amate.

Pues más allá de la manufactura de pliego tras pliego de papel, los otomíes han incursionado en el desarrollo de una identidad como marca comercial, llegando al grado de que, no sólo cualquiera puede hacer amate, sino también a hacer recortes, práctica muy cargada de simbolismo y de creencia en las energías naturales, que en los conextos ceremoniales aún está relegada a los bãdis, pero que aquí es relegada a una acción totalmente mercantil.