A dos años de la primera edición, convocada por el Instituto Municipal de Cultura de Saltillo, vuelve a lanzarse el certamen que en su primera edición dejó abierta una fuerte polémica.

Como se sabe, una bienal nacional de artes visuales implica el compromiso de una seriedad absoluta en sus procesos y criterios. No dejar al accidente (“es que las imágenes digitales no se veían bien”), al criterio difuso o a una conferencia posterior para tener que “justificar” las decisiones del jurado. Es sabido también que es imposible también –y más tratándose del saludable ego de los artistas visuales– dejar a todos contentos. Sin embargo, es posible dejar sentado un precedente de objetividad e imparcialidad. Algo que no pasó en la desafortunada primera edición de este certamen. Así que esta vez el Instituto Municipal de Cultura, encabezado por Iván Márquez -y su coordinadora de Artes Visuales, Magda Dávila- tienen el doble compromiso y el reto de despejar de toda duda los resultados de una convocatoria que se pretende de un prestigio nacional… ¿Cómo? Asegurándose que sus procesos sean claros y transparentes, eligiendo con sumo cuidado y criterio un jurado capaz de ofrecer objetividad, solvencia y una decisión descontaminada de intereses extra artísticos.

Autorretrato de Élfego Alor, pieza no seleccionada en la Bienal 2017. Foto: Especial

La solvencia obligada
Los cuestionamientos a los certámenes, sean estos de artes visuales o literatura u otros medios, empiezan siempre en el sentido de las decisiones del jurado (si inciden en sus decisiones criterios fuera de lo artístico) o si estos en verdad están capacitados para valorar de manera cabal las obras que están encomendados a juzgar. En los últimos años –nadie me lo platicó, yo lo he he visto- por ejemplo, en un concurso estatal de ensayo a personas que nunca escribieron o publicaron uno (Manuel Acuña), en uno de cuento, a funcionarios que nunca escribieron o tienen una trayectoria dentro de este género (Magdalena Mondragón) o a personas que nunca en su vida hicieron un mural, juzgando que sí y qué no en una convocatoria estudiantil de mural (EAP). Entonces ¿Quién tiene la culpa? Es responsable el jurado, pero también las instituciones, que no tienen la seriedad necesaria para elegir con tino a los más capaces, a los más objetivos, a los más especializados, decantándose muchas veces esta encomienda en relaciones de amistad, interés, cercanía o simple facilismo e ignorancia.
Porque mucho más que honrar al máximo pintor coahuilense, el dote de un premio de 120 mil pesos obliga a la institución convocante a un dictamen fuera de dudas. Ya que vivimos tiempos en que ciertas instituciones desdeñan el trabajo de casi toda la comunidad artística, centrándose en apapachar a un cerrado círculo de consentidos, es necesario –principalmente en las instituciones de cultura- que este beneficio -que es público- se descentralice y se amplíe: que no sean las mismas 50 o 70 gentes que van a TODAS las exposiciones, que un recurso público se diversifique, llegue a otros lugares, impulse a otros actores, que expongan OTROS artistas, y que las políticas culturales dejen de ser la agenda  o el capricho personal del curador, coordinador o director en turno y su grupo de protegidos.

Mención honorífica (izquierda) y algunas de las piezas señaladas. Foto: Especial.

El salón de los rechazados
Así, a dos años, sigue pareciendo increíble que haya quedado fuera de aquella selección la obra de unos de los pintores más consistentes y talentosos de Coahuila: Élfego Alor, o la evidente calidad de solventes autores como Omar Campos, Mercedes Murguía, David Adame o Américo Pugliese, mientras se privilegiaban y se otorgaban menciones honoríficas a piezas de pobrísima factura. Fueron tantas y tan buenas las obras desechadas por el jurado, que al igual que el famoso “Salón de los rechazados” de 1863, la galería privada Kim –a iniciativa del poeta Víctor Palomo- organizó una exitosa muestra con estas piezas, llamada “Autorretratos sin juicios”, conformada con muchas de las obras rechazadas.

Sin embargo, hay que aclarar, no todo fue malo: la elección del ganador puede parecer acertada, además de la selección para la muestra final de trabajos de calidad como el de Carlos Vielma, Eleazar Montejano o Baldomero Hernández ¿Se debería entonces esta variación de criterios a que de los miembros del jurado sólo uno era pintor, y además local, especializado además no en el género del autorretrato que tanto cultivó Herrera, sino en el del paisaje?  Por otro lado ¿Hasta donde la elección de un jurado parcialmente local, enfrentado a juzgar a sus pares de la comunidad, compromete la objetividad de un concurso de nivel nacional?
Ojalá y  que este año -por el bien de la fama del maestro Herrera y el prestigio del certamen- ni el IMC ni el jurado se equivoquen.


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