El perdón puede significarlo todo, para las partes involucradas, la ofensora y la agraviada. Pero también puede representar menos que nada.

De allí que se pueda debatir sobre si el pedir perdón, y quizás el otorgarlo, es un acto enteramente inútil y ocioso o, por el contrario, es una vía para que los individuos inicien su recuperación tras un hecho que rompió el pacto social.

Es cierto, podemos hacer del pedir disculpas un acto hueco, hipócrita, totalmente desprovisto de su esencia que es la contrición, el arrepentimiento sincero y las ganas de reparar la falta; sobre todo cuando estamos más embargados por las posibles consecuencias de nuestras acciones sobre nosotros mismos que las que pesan sobre aquellos a quienes afectamos.

Así mismo, se puede otorgar un perdón igualmente insulso, insincero, de dientes para afuera, que sólo aplaque la presión social que también se ejerce sobre las víctimas para que “sea civilizado”, “compasivo” o “empático”. Es cuando los afectados pierden toda esperanza de ser resarcidos y quieren dar vuelta a la amarga página que viven, que terminan otorgando, hasta por escrito si es necesario, ese frío perdón que a nadie da alivio.

Si le agregamos a todo lo anterior las características que adquiere en México la impartición de la Justicia -directamente relacionada con nuestro poder adquisitivo-  no tardaremos en reparar en el hecho de que el perdón es tan ajeno y raro a nuestra cultura como la justicia misma.

La visión de los “hombres de leyes” tampoco ayuda si, una vez que inicia una batalla legal el objetivo no es que el cliente recobre la paz, sino ver destruido al oponente y, en el ínter, hincharse de dinero.

He reflexionado mucho en el acto de dar y pedir perdón y en los requisitos que debe cumplir precisamente para que no sea un protocolo carente de alma y por tanto de propósito.

Consultando algunos textos de especialistas al respecto, me di cuenta que no estaba tan errado y es que las condiciones para solicitar una disculpa son las que la lógica nos podría dictar.

Se trata en primera instancia, por supuesto, de que el ofensor reconozca que infringió las reglas con pleno conocimiento de ellas y que las consecuencias que están viviendo las víctimas son resultado, no de las circunstancias, no de la mala suerte, sino directamente de dichas acciones. Sus acciones.

Este reconocimiento ya le devuelve a una víctima mucha de su dignidad arrebatada y aunque está aún lejos de recobrar su armonía, sienta un primera condición necesaria para que ello se pueda dar en un futuro.

Cada autor y teoría completará el proceso de una manera distinta, pero yo reconozco otros dos elementos imprescindibles: Primero, el deseo, voluntad y cooperación para, en la medida de lo posible, resarcir a la víctima; y segundo, un igual compromiso para ayudar a que tal situación no se repita en la comunidad y así, toda la experiencia no haya sido en vano, sino que tenga un propósito en el mundo.

No es una receta mágica, no sirve si ambas partes no están dispuestas a sanarse por la única vía conocida en todos los años de experiencia humana, y los resultados pueden demorar años en observarse, aunque es por supuesto mejor que dejar una llaga viva sin atender, o ni que decir de la venganza, infinitamente más perniciosa.

A veces el perdón llega tan tarde que se toma como un mal chiste. Como cuando la Iglesia Católica se disculpó con Galileo, tres y medio siglos después,  por haberlo vilipendiado hasta la muerte por su teoría heliocéntrica.

Pero otras veces la herida está mucho más reciente y las víctimas aun lloran y se lamentan por un acto que no debió suceder.

Esta semana, el Gobierno Federal realizó una ceremonia de disculpa pública por la muerte de los dos estudiantes Javier Francisco Arredondo Verdugo y el saltillense Jorge Antonio Mercado Alonso, asesinados hace nueve años por el Ejército Mexicano, crimen agravado por la manipulación de la escena para difamar a las víctimas como sicarios, en un fallido y pueril intento por exculpar a las Fuerzas Armadas.

Aunque sería éste apenas un primer paso de la que se dice, será una reparación integral, la admisión de la culpa y la restitución de la honorabilidad de las víctimas son indispensables si aspiramos a cualquier otra forma de restitución en lo futuro.

En marzo se conmemora otra tragedia, la de Allende, Coahuila,  aunque de ésta no ha habido ni habrá quien asuma responsabilidad. El Gobierno Estatal se ha encargado por el contrario de desconocerla, negarla o minimizarla por no mencionar que la pasada administración se dio a la decidida tarea de destruir evidencia con la intención de que jamás sepamos el número o la identidad de víctimas. Y la presente gestión, sólo toca el tema con la superficialidad de quien busca soterrarlo.

En Coahuila estamos tan lejos de la justicia como de la verdad. Nadie al parecer se va a disculpar por el mayor horror que estas tierras hayan conocido, si quienes deberían dar la cara por ello aún siguen sorteando con éxito la ley e incluso ostentan todavía alguna de las principales investiduras del poder con el feliz fuero que estas implican.

Para Allende, Coahuila sencillamente no habrá disculpas, ni restitución, ni redención, ni justicia, ni nada. Absolutamente nada.   

 

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