El pasado domingo, 1 de diciembre, se cumplió el primer año de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Un primer año que, en la percepción de algunos –quizá muchos–, pareciera mucho más tiempo.

Baste recordar que a partir del triunfo electoral en julio de 2018, el gobierno del entonces presidente Enrique Peña Nieto pareció desaparecer y, por el contrario, el dueño de la escena política nacional fue el recién electo mandatario.

De entonces a la fecha han transcurrido 18 meses y no es gratuito que en la percepción ciudadana se estime que en realidad ha sido mucho más largo el periodo que lleva gobernando AMLO.

Más allá del obligado análisis que debe hacerse –cotidianamente y, en mayor medida, al cumplirse estos ciclos– respecto del actuar gubernamental y los resultados que él mismo va generando, me parece importante detenerse en la nueva forma de comunicación –comunicación política– que se ha impreso a toda la administración pública federal a partir de un eje exclusivo: el propio Presidente.

Como no existe antecedente, el jefe del ejecutivo se ha convertido en el único vocero e imagen de su gobierno. Todos los secretarios y demás funcionarios de primer nivel –salvo muy contadas excepciones, más provocadas por coyunturas específicas, que por decisiones programadas– en los hechos “no existen” para efectos de comunicación y la única voz que se escucha en medios es la del primer mandatario.

El ejercicio de las “mañaneras” –que algunos apostábamos no se extendería más allá de 5 o 6 meses–, cumplió también su primer año y no hay visos de que la misma vaya a alterarse o modificarse –mucho menos suspenderse– y continuará siendo la principal herramienta de gobierno al establecer los criterios y prioridades del mismo, soportándose en la imagen y muy favorable aceptación que aún mantiene el Presidente.

Sin duda, la estrategia de que sea el propio mandatario, su vocero y principal –única– imagen, implica un desgaste mayor al natural del ejercicio del poder. Sin embargo, lo cierto es que episodios tan críticos como han sido la explosión de Tlahuelilpan, Hidalgo, la crisis de Culiacán y, más recientemente, la masacre de la familia LeBaron, no han permeado de mayor forma en esa imagen favorable –en otros casos, uno solo de estos hechos habría marcado irremediablemente el sexenio ante la opinión pública– y prácticamente todas las encuestas lo mantienen en rangos muy favorables de aceptación.

¿Podrá seguir manteniéndose en esos números? Esa es la principal incertidumbre, pues quizá el primer año no alcance para medir con precisión ese desgaste o, incluso, el resultado que se espera de una administración federal. Recordemos el interesante libro de Miguel Alemán “Si el águila hablara” –¿Seguirá vigente?– en el cual establecía que el primer año de un presidente se podía denominar como el síndrome de los Santos Reyes o de Santa Claus y el segundo, como el síndrome de coordinador. ¿Será el caso de López Obrador? La duda al final del primero de ¿seis?…