Hoy es Día de Acción de Gracias y el gringo lo sabe.

En efecto, hoy el país vecino celebra su más tradicional conmemoración, una que de hecho cobra mayor relevancia, en términos de convivencia familiar, que la misma Navidad.

Es Thanksgiving y el buen pueblo norteamericano lo celebrará como Dios manda:

¿O sea que se sentarán a la mesa, en familia, para hacer un recuento de sus bendiciones y agradecerán al Señor por un año venturoso?

¡Obvio que no!

La ocasión sirve para dar rienda suelta al consumismo más furioso, al capitalismo más salvaje, para hacer compras a precios de liquidación y así dar paso a las nuevas mercancías de la temporada decembrina; mirar dos o tres partidos de esa ruda religión llamada NFL, mientras se atiborran de la comilona más espectacular, vasta y obscenamente abundante que puedan procurarse.

¡God bless America!

En los anales de la gastronomía típica de las fechas figura un manjar que no suele recibir tanta publicidad como el pavo tradicional, la salsa de arándanos o el pie de manzana: el turducken.

¿El Tur… qué?

Antes de explicarle qué es un turducken, advierto a quien aún lo ignora que valore su actual condición virginal, pues una vez que sepa de qué se trata, quizás no le provoqué nada en un principio más que la leve conmoción o sorpresa con que reaccionamos ante cualquier extravagancia alimenticia (quizás hasta le resulte repulsivo). Pero esta noción se le terminará alojando de manera irreversible en lo más recóndito del subconsciente y habrá de germinar. Eventualmente, comenzará a evocar sin motivo aparente la imagen asociada a la descripción de esta comestible impudicia, hasta que un día, finalmente, se percate horrorizado de que está por completo obsesionado con el turducken y no descansará hasta procurarse esta epicúrea experiencia para sumergirse en ella con sus cinco sentidos.

El turducken, hermosa lectora, lector chimengüenchón, es un pollo horneado dentro de un pato, adentro de un pavo.

Y de allí su repelente nombre: turkey+duck+chicken= tur-duck-cken. ¡Turducken!

Esta aberración culinaria sólo podía concebirse desde la ideología supremacista y el american way, el estilo de vida norteamericano que no es otro que el desperdicio masivo de comida mientras dos tercios del mundo padecen hambre.

Pero es Thanksgiving, por favor, se trata de pasarla bien y de echarle porras a los Dallas Cowboys, por favor, no nos venga ahorita con sus preocupaciones ambientalistas, no sea aguafiestas aunque se apellide Thunberg.

En nuestro querido México (para mayores señas, ubicado al sur de EU) la celebración del Día de Gracias se ha venido popularizando conforme el segmento poblacional cuyos privilegios le colocan por encimita de la media, se adhiere a esa tribu urbana conocida como los “whitexicans”, ya usted sabe: mexicanos que aspiran a vivir como la clase media gringa y hacen todo por mimetizarse con ella a través de sus costumbres, valores y (en la medida de lo posible) de sus hábitos de consumo: básicamente se trata de convertirse en Martha Debayle.

Si usted tiene un amigo, amiga, “conocide” o familiar whitexican, quizás pueda caerle hoy en su casa para gorrearle la comida de Acción de Gracias y con suerte probar el turducken y así morir en paz.

Pero por favor, cerciórese de ser lo suficientemente güero para poder sentarse a la mesa a Dar Gracias, ya que si su pigmentación no lo califica para whitexican es posible que termine sirviendo mesas y atendiendo a los comensales.

Recuerde que, de la denominación whitexican, la partícula realmente importante es el prefijo “white”, ya que el sufijo es lo que se pretende obviar con todo esto.

Al menos por hoy, los whitexicans pueden sentirse en otro país dentro de su propio país, consolándose con una cena de pavito y –si se sienten audaces y se aplican– de turducken.

Porque el resto de los mexicanos habrá de conformarse con otra ave, que no es ni pavo, ni pato, ni mucho menos pollo. Es un ave tan alocada como la oca, tan parlanchina como el loro y tan llena de sorpresas como el turducken: el Ganso.

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