De niño deseaba ser la música. No deseaba ser toda la música —no era tan ambicioso—, solo quería convertirme en aquella que lleva en sus fibras la savia de la melancolía. Solía, en aquella época, saltar la cuerda siguiendo los pulsos de la obertura de “La gazza ladra”, pues me infundía vigor. Pero yo no quería ser esa obertura de Rossini; me resultaba demasiado divertida y brillante. Yo anhelaba ser una de esas breves pero infinitas piezas de Enya, un abismal preludio electrónico de Jean-Michel Jarré, o bien, un nocturno de Chopin. ¿Qué tiene la melancolía del arte que puede resultar subyugante, no solo para un niño, sino para muchos de los que valoramos el milagro de las creaciones humanas?

La melancolía no es la tristeza, mucho menos la depresión. La melancolía es más bien pariente de la nostalgia, con la diferencia de que la primera no precisa de referencias concretas. Podemos sentir nostalgia por el futbol en el patio escolar, por un antiguo viaje en tren o por el sabor del té y la magdalena que caldeaba las tardes infantiles. Sí, la sensación nostálgica —siempre apelando a mi experiencia personal— puede ser equivalente a la melancólica, aunque sin necesidad de tés o trenes del pasado que la motiven: la melancolía actúa per se. Es una especie de nostalgia ciega, anhelante, de destinos imprecisos. Imagino el país de la melancolía sumido en una amable niebla que es atravesada por tenues rayos de sol, donde toda silueta es borrosa; los colores, sutiles; y el deseo, aunque infinito, pleno de serenidad.

La sustancia que la palabra melancolía representa en nuestro entendimiento tiene sus equivalentes, o cuando menos vocablos de significado semejante, en todas las lenguas. Incluso algunas culturas han desarrollado términos que destacan por una gran precisión semántica y musicalidad poética: el sensucht alemán y la saudade de las lenguas lusitanas, por ejemplo.

Música y melancolía tienen como rasgo común la indefinición y el potencial evocador. La música tampoco dibuja paisajes delineados ni siluetas concretas; también es por sí misma. Asimismo, puede actuar sin referencias, pues se ahorra la representación para llegar directamente a la emoción; o bien, puede invertir el proceso común de la evocación, trayendo la imagen o la representación hasta después de habernos sido infundido el sentimiento. Por otra parte, dicha evocación se da de manera única en cada uno de nosotros, de manera que una sola pieza musical es capaz de dibujar tantos paisajes como personas que la escuchen, así como los paisajes evocados en el trance melancólico.

Si existe un infierno, un purgatorio y un paraíso de las emociones humanas, tal vez la melancolía estaría en el primero, pero en el más suave de los círculos: el Limbo; “donde los lamentos no suenan como ayes, son suspiros”. Y es que la melancolía ha de mantenerse flotando entre valores específicos: ir más arriba podría degenerar en tristeza, más abajo, en apatía. Las música puede abrirnos el portal de la melancolía y guiarnos, como Virgilio, o mejor, como Beatriz, entre sus brumosos senderos de luz delicada, sin encontrar nunca el destino.

Cuando tenía diecinueve años leí el Chopin de Jesus Bal y Gay. Desde entonces guardo en la memoria lo que dijo sobre la melancolía: “Una aspiración sin límites por algo sin contornos que se sabe destinada a arder insatisfecha”. Esa frase me dio luz para explicar mis afanes infantiles de convertirme en música: lo deseaba, sí, intensamente, pero sabía que nunca lo alcanzaría; allí estaba el encanto. “Una aspiración sin límites…” ¿Por qué no, para ilustrar esta  bellísima sentencia de Jesus Bal y Gay, escuchamos el Nocturno Op. 48 número 1 en do menor de Chopin, si es posible con Arthur Rubinstein?