El licenciado Enrique Martínez y Martínez es menor que yo en edad. No habrá de extrañar eso: casi todos los habitantes de Saltillo son menores que yo. Pero además sucede que Enrique se las ha arreglado para mantenerse en excelente forma. Si dijera tener 20 años menos que los que tiene, se lo creerían. No lo envidio: si yo dijera que tengo 20 años más que los que tengo me lo creerían también.

Conozco a Enrique desde los lejanos tiempos –tan cercanos- de la juventud. Era él un muchacho serio, estudioso y dedicado, todo lo contrario de lo que era yo. Como estudiante destacó lo mismo en las aulas que en las lides de la política estudiantil. Mostraba ya una incipiente vocación. A muy temprana edad –apenas pasaría de la veintena– llegó a ser director de la Escuela de Economía fundada por el doctor Narváez.

Ingresó luego en el servicio público. Era también muy joven cuando fue electo alcalde de Saltillo, en tiempos del gobernador Óscar Flores Tapia. Creó entonces la Presea Saltillo, que cada año se otorga a quienes han contribuido al engrandecimiento de nuestra ciudad. Yo desempeñaba ya el muy honroso cargo de Cronista. Recuerdo que Enrique me llamó para preguntarme a quién creía que se debía otorgar la primera presea. Sin vacilar respondí: “A Flores Tapia”. Lo dije de corazón: don Óscar había transformado a Saltillo; lo había sacado de su marasmo para hacer de la ciudad una población moderna, con nuevas industrias, llena de obras urbanas que la embellecieron. En esa labor renovadora Enrique Martínez participó como uno de los mejores alcaldes que Saltillo ha tenido. Sucedió al respecto que don Óscar declinó aquella distinción. “Si la acepto –me dijo- la presea nacerá con el pecado original de haberla recibido el Gobernador. Tenemos que cuidarla”.

Después de haber llevado a cabo con acierto su función de presidente municipal Enrique Martínez y Martínez continuó sus tareas políticas, las cuales alternó con su labor empresarial. En ambos campos, el del servidor público y el del empresario, actuó con eficiencia e integridad. Realizó su anhelo de ser Gobernador de Coahuila, cargo que ejerció con gran acierto. A más de otros cargos fue secretario de Agricultura, y tuvo el honor de representar a México como embajador en Cuba, país hermano donde se le recuerda con respeto y afecto.

Ahora que estoy escribiendo estos renglones viene a mi memoria un discurso que en cierta ocasión le oí a Enrique, cuya oratoria fue siempre cálida y sencilla. En sus palabras evocó la época, entre infantil y juvenil, en que junto con otros amigos se ponía frente a la ventana enrejada de la casa de doña Carmen Guerra de Weber para ver a las muchachitas que en tutú recibían las clases de ballet impartidas por la insigne maestra. Aquella entrañable evocación me dio a ver las hondas raíces que Enrique, cuya labor política alcanzó rango internacional, tiene en Saltillo.

Merecido homenaje recibe Martínez y Martínez con la publicación del libro que enmarca el 50 aniversario de su labor en el servicio público. La mitad de ese homenaje le corresponde a Lupita, ejemplar compañera. Ahora sus hijos y sus nietos siguen el camino que ella y Enrique les trazaron, que es camino de rectitud y bien. Desde la perspectiva que los años dan, mi amigo Enrique Martínez y Martínez puede mirar su vida con el sosiego y la satisfacción que da la tarea bien cumplida.