Las ciudades se vuelven entrañables por los caminos que las atraviesan, los paisajes que las definen, el horizonte de sus atardeceres y las luces de su amanecer.

Se aman por el rocío que cubre los pastos en las mañanas; la vívida sensación al pisarlos y percibir a un tiempo el gorjeo de los pájaros en sus enigmáticos vuelos en parvada.

Las idas y vueltas de las golondrinas en primaveras iluminadas por el nuevo sol, y su regreso a los cielos del sur cuando aparecen los primeros anuncios de la ventisca otoñal.

El santo olor de las panaderías, como dijera López Velarde, tan dulce y tan grato, es una reconfortante vuelta a los dorados días de la infancia; o el de los naranjos en flor, mezcla agridulce traída en las horas de la tarde aspirada con fruición en las de mediodía; también, las fragancias de los “huele de noche” y del  trueno en medio del estío que se anuncia tan largo como largas y pronunciadas son las sombras que se proyectan a mitad de la mañana.

El tañer de las campanas, que en su llamada a misa evoca los recuerdos de una fe incuestionable, alucinada, de un evangelio impartido por la amorosa madre. El silbato del vendedor de calabaza o el “señor de los cuchillos”, que estira en un melancólico silbido su oferta de sacar el filo a los que dan batalla en la cocina del hogar; igualmente, el megáfono de la camioneta que acepta toda clase de cacharros en venta, de una licuadora a un refrigerador, pasando por planchas eléctricas de deteriorados cables cubiertos de tela.

El barrio que fue nuestro barrio y del cual quedan ya pocos habitantes de los lejanos años en que, de uno a uno, contábamos sus historias y contaban las nuestras.

Nuestra ciudad son también las repeticiones de imágenes y personajes, no las mismas personas, pero sí los mismos espacios: así, el estudiante que, en coro, bromea en la Alameda con los compañeros; el niño que perseguirá palomas en la Plaza como lo hicimos antes nosotros y lo hacen ahora nuestros hijos y lo harán los nietos.

La ciudad es la belleza encerrada en los cabellos agitados por el viento de marzo en una joven que sale de la escuela al sol de la calle, de la mano de su novio.

Es la ciudad a la que envuelven los velos de la neblina en invierno y las torrenciales lluvias que se dejan venir en mayo y en septiembre.

Las polvaredas de marzo, cuando en Semana Santa quedamos momentáneamente enceguecidos por la intrusión de fragmentos de tierra a los ojos, y es también esa semana, suspendida en el viento, en medio de los ritos de la temporada.

Hombres, mujeres y niños que participan en las celebraciones y ahora que muchas iglesias representan en las calles aledañas la Pasión de Cristo, con ella caminan a la par. Es nuestra ciudad en la Procesión del Silencio, es la jornada del Pésame a la Virgen.

Y es, de igual manera, el regreso a la normalidad y al ajetreo constante de la vida moderna de Saltillo: sus automóviles en un irresponsable y rápido movimiento cotidiano muchas, muchas veces sin ser vigilado y sancionado.

Y ella, la ciudad, metida en sus cosas, ensimismada, pese al continuo arribo de quienes se permiten seducir por el encanto de sus sierras y sus cerros. (Encanto que se empieza a perder por las pedreras que las devastan y por una población que se trepa a ellos sin orden ni concierto, bajo la mirada complaciente y cómplice de autoridad y sociedad).

Es esta ciudad, también, la que en avenidas y calles comunes, conserva, como si fueran reliquias históricas, viejas y oxidadas estructuras en otros tiempos símbolos de modernidad que anunciaban supermercados o cines. Dejadas ahí en un descuido de décadas, evidencian desidia y un pobre aspecto de la imagen urbana.

Por sobre esas estructuras vuelan las parvadas de aves en las que preferimos anclar la mirada: volverla al cielo, inacabable espacio que desearíamos permaneciera del espléndido azul distintivo del valle de Saltillo.