Esperemos que la aparente frialdad con la que los gobiernos están actuando hasta ahora se traduzca en el rápido enfriamiento y en la vuelta a la normalidad

El inicio de este 2020, en el terreno de la geopolítica, no podría ser más convulso. La ejecución del líder militar iraní Qasem Soleimani -durante un ataque con drones- y el bombardeo a dos bases militares que albergan soldados estadounidenses en Irak, han llevado la tensión a límites no vistos en épocas recientes.

El incremento de la tensión bélica en Medio Oriente ha llevado a no pocos a considerar que estamos en la antesala de una conflagración de dimensiones globales debido a que el estallido de una guerra entre Estados Unidos e Irán muy seguramente arrastraría consigo al mundo entero.

Pero, ¿realmente existe el riesgo de que la tensión se desborde y atestigüemos el inicio de una confrontación entre ambas naciones?
No es posible afirmarlo de cierto, pero las precisiones iniciales llegadas desde Washington y Teherán ofrecer motivos para el optimismo, pues el lenguaje utilizado por ambas naciones pareciera escogido para dejar claro que no quieren ir a la guerra.

El presidente Donald Trump, acostumbrado a reaccionar por Twitter, dijo anoche que “todo está bien” y aunque confirmó el ataque iraní en contra de las bases militares norteamericanas no consideró necesario hacer mayores precisiones y se limitó a anunciar que hoy expresará la postura oficial de la Casa Blanca ante los hechos.

El gobierno iraní, por su parte, señaló a través de su canciller, Javad Zarif, que “no buscamos una escalada o una guerra, pero nos defenderemos ante cualquier agresión”, al tiempo que amenazó con bombardear ciudades de Israel y los Emiratos Árabes Unidos si Washington decide responder al ataque perpetrado ayer.

Parece claro que en ambas partes impera la cautela y que las posiciones públicas están orientadas a plantear la posibilidad de que la escaramuza iniciada a partir del ataque contra Soleimani concluya con el decreto de un “empate”.

Nadie duda que, en caso de desatarse una guerra, Estados Unidos vencería a Irán debido a que su poderío militar es, por mucho, superior al que posee la nación islámica. La preocupación, sin embargo, no es si alguna de las partes puede ganar fácilmente una guerra, sino los estragos que ésta podría dejar.

La región del mundo en la cual se instalaría el escenario de la guerra es una particularmente sensible, debido a que por ella circulan una parte importante del petróleo que el mundo consume. Por otra parte, se trata de una región en permanente tensión debido a conflictos religiosos.

No se trata por ello de quién tendría ventaja en un duelo de poder, sino de evitar una confrontación que podría acarrear pérdidas para todo mundo, debido a las repercusiones económicas que traería consigo.

Esperemos por ello que la aparente frialdad con la que los gobiernos de ambas naciones están actuando hasta ahora se traduzca en el rápido enfriamiento de la tensión y en la vuelta a la “normalidad” que ha caracterizado las relaciones entre Estados Unidos e Irán desde el ascenso del régimen teocrático actual.