Fue en un estado del sur del país, el pasado septiembre.

El Gobernador ofreció al Presidente de la República que tanto él como todos los alcaldes de la entidad trabajarán “por conservar incólumes la independencia y la soberanía nacional”.

Es muy plausible ese ofrecimiento tan patriótico.

Pero ¿por qué no ofreció también llevar agua y drenaje a todos los hogares?

¿O hacer escuelas y otras obras que beneficien realmente a toda la comunidad?

¿O mejorar la seguridad luchando contra la delincuencia?

Los ofrecimientos de trabajar por conservar incólumes la independencia y la soberanía nacional, con todos sus anexos, similares y conexos, se oyen muy bonitos.

Pero son palabras, palabra, palabras...

Y el pueblo mexicano reclama hechos. Hechos como los de antiguos personajes que gusto de evocar.

En varias ocasiones he ido a Lagos de Moreno, Jalisco, alta ciudad entra las de los Altos, y he encontrado ahí dos sombras muy amadas. La una es de un boticario soñador, Francisco González León de nombre. Oyó el son de las campanas de la tarde y escribió versos que luego resonaron en la poesía de Ramón López Velarde.

La otra sombra es la del padre don Agustín Rivera. Fue cura liberal, y le gustaba andar en dimes y diretes, en polémicas desforadas contra falsos gigantes que ni siquiera eran molinos, sino puro viento.

En la hermosísima parroquia, en la recoleta rinconada que los laguenses conservan con amor, el viajero siente el alma de esa noble ciudad de hermoso cuerpo y espíritu elevado habitada por mujeres cristianas y por hombres cristeros. Cuando al amanecer sale de Lagos para ir a Guadalajara a tomar su avión siente el viajero que ha bebido agua clara en limpia fuente mexicana.

Otro personaje. El buen señor don Ignacio Mariscal era ministro plenipotenciario de México en Inglaterra en el tiempo en que la reina Victoria ocupaba el trono del Imperio.

Asistió a un baile don Ignacio que ofrecía Su Majestad Británica. Con él iba su esposa, doña Laura, cuya belleza y hermoso vestido deslumbraron de tal modo a los cronistas, que en los periódicos se desbordaron en elogios para la bella dama mexicana y su lujoso atuendo que, dijeron, estaba todo bordado con perlas preciosísimas.

Poco después los periódicos de México se hicieron eco de los de Londres, y algunos, con mala leche, describieron pomposamente la riqueza del vestido de la dama. Sabedor de aquello, don Ignacio escribió una carta a su querido amigo don José T. Cuéllar, periodista: “Agradeceré a usted que en alguno de sus artículos diga que, si bien mi señora iba vestida con buen gusto, no tenía puesto nada de gran valor, porque yo no soy rico para poder costearlo. Tenía Laura un vestido bordado de perlas, como se ha dicho, pero de imitación, pues era de un género con ese adorno, que se halla al alcance de todas las fortunas. Discúlpeme la molestia, pero no quiero quedar con la fama de rico misteriosamente improvisado”.

Tiempos felices aquellos, en que los hombres defendían sus ideas, y a los políticos les preocupaba su buena fama.

Armando Fuentes Aguirre 'Catón'

Columna: Presente lo tengo yo