-Nos quedamos, licenciado, en que iba usted a contar la historia de la muchacha que salía sin medias a la calle.

-Ah, sí. Y de la señorita quedada que la veía por la ventana. No deja de ser vulgar la historia. ¿Habrá alguna que no lo sea? La de Dante y Beatriz, posiblemente, porque no acaba en posesión, que es lo que echa a perder el sentimiento. No puede haber amor platónico después de disfrutar el plato.

-Buena frase, licenciado, si bien un tanto drástica.

-Así salió, y ni modo. Tuve una profesora que decía que el matrimonio es la tumba del amor.

-Por algo lo diría.

-Quien sabe. Ella y su esposo se veían bien avenidos, sobre todo cuando iban al cine. El señor usaba cachucha, pues era un poco calvo, y ya recuerda usted aquellos fríos de Saltillo.

-No perdonaban, licenciado; no perdonaban. Pero hablábamos de la muchacha que salía sin medias a la calle.

-La recuerdo muy bien. Era trigueña.

-Como el trigo.

-En efecto. Supongo que de ahí viene la etimología. Las mujeres trigueñas son muy interesantes, sabe usted, porque andan entre rubias y morenas. Si las quieres ver rubias las ves rubias; si las quieres mirar morenas las mirarás morenas. Son como aquellas chaquetas que había antes, de dos vistas.

-¿Y a qué se dedicaba la trigueña?

-Tenía un salón de belleza. Luego esos establecimientos pasaron a llamarse “estéticas”.

-¿Sería por influencia de Vasconcelos?

-No lo creo, pero habrá que investigarlo. En esto de los nombres hay caprichos: un pasaporteado que se repatrió le puso a su hijo Usmaíl. Parece nombre de arcángel pero no lo es. Lo que pasa es que en Estados Unidos el señor trabajó en el Correo, y quedó muy agradecido.

-¿Usmaíl qué, licenciado? ¿No se acuerda?

-La verdad no. Además el apellido no añadiría interés a la narración. Permítame seguir con el relato. Aquella muchacha salía a la calle sin medias. Entonces eso era gran escándalo, porque ninguna mujer mostraba las piernas desnudas. Hasta las pindongas -perdone usted el vulgarismo- traían medias, y a veces no se las quitaban ni en el momento de ejercer su profesión. Como eran de popotillo -las medias, digo, no las pindongas- no se les iba el hilo en las evoluciones.

-Qué bonito.

-Deje usted lo bonito: lo práctico. El caso es que la trigueña salía a la calle con las piernas, como quien dice, al aire. Las tenía blancas y bien torneadas; parecían columnas de alabastro. La comparación no es mía; la leí no sé dónde.

-Quizá en la revista “Vea”, licenciado.

-Calle usted, que nos van a sacar la edad. Frente al salón de belleza tenía su casa una señorita quedada, y veía a la trigueña salir sin medias a la calle. Luego la señorita quedada iba a San Juan Nepomuceno y se confesaba con el Padre Quiñones.

-Me acuso, Padre, de que mi vecina sale a la calle sin medias.

-¿Y por qué te confiesas tú de eso? -le decía el severo ignaciano-. La que se debe confesar es la que peca.

-Es que ella no se confiesa nunca, y me da miedo que se vaya a ir al infierno. Por caridad me confieso yo en su lugar. ¿No vale eso?

-No, no vale.

Mire usted a la beata salir ahora del templo de San Juan. Va triste. No tiene pecados qué confesar, y los ajenos no se los aceptan. Ella quisiera hacer pecados pero ¿cómo? Nadie le pone ninguna tentación para caer en ella, o al menos para darse un resbaloncito. La señorita entra en su casa y se sienta en la mecedora de la sala. Vive sola. Sola y su alma, a pesar de lo que le pide el cuerpo. Por la ventana pasa, alegre, la muchacha que no se pone medias. La piadosa beata ya no se asoma a espiarla. Allá abajo el reloj de la Catedral suena las seis. La señorita quedada toma su rosario.