La pandemia generada por el COVID-19 ha afectado nuestras vidas de múltiples maneras. Evidenció las malas decisiones sobre políticas públicas que muchos estados han tomado en los últimos años. En las inversiones de salud, por ejemplo, los resultados son evidentes. Los países que peor están enfrentando la emergencia sanitaria son los que invierten menos en su sistema de salud.

Los recortes al sector educativo también representan otro gran problema que quizás había pasado desapercibido hasta ahora. Sin educación no hay investigación, y sin ésta no hay avances en ningún área del conocimiento. No sólo en las que buscan un tratamiento o vacuna para resolver o mitigar los efectos del virus, sino también sobre los derechos humanos. Porque de esto estamos hablando: de derechos humanos.

Sócrates decía que “sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia”. Recordé esta frase cuando, en días pasados, fui el centro de una intensa polémica en redes sociales. El motivo radicó en una frase extrapolada de una entrevista en un espacio de diálogo académico organizado por la Comisión de Derechos Humanos de Coahuila, donde hablé sobre los retos de la educación en los tiempos de pandemia.

Como a menudo sucede en las redes, mi frase tenía sentido en el contexto de la entrevista. Pero en un cartel de difusión quizás podía ser leída equivocadamente. Al darme cuenta pedí se hiciera una corrección del sentido de mi expresión para que el mensaje que quise transmitir quedara más claro.

En una red social, sin embargo, el linchamiento mediático es la mejor forma de expresar nuestra libertad. Trataré, por ende, de explicar mejor el sentido de mis opiniones para que quienes primero atacan y luego preguntan qué fue lo que pasó puedan tener más claridad.

Como mencioné, la entrevista se enfocó en los retos de la educación en los tiempos de pandemia. Uno de los grandes problemas evidenciados es, precisamente, que muchos países no pueden enfrentar la emergencia sanitaria por falta de infraestructura y personal. Algunos tampoco tienen investigadores para estudiar el COVID-19. Italia es uno de estos. Muchos investigadores altamente especializados están en el extranjero por las pocas oportunidades que su país les ofrece.

Además, los datos demuestran que los países que menos invierten en educación son aquellos en donde hay un mayor porcentaje de población en condiciones de vulnerabilidad, por tener menos oportunidades y conocimiento de sus derechos. Estas personas han sufrido en mayor medida los estragos de la pandemia.

No es importante ser “coleccionistas de títulos”, sino que es fundamental formarse, leer y estudiar. Aunque es responsabilidad de las instituciones proporcionar todas las condiciones para que esto suceda, especialmente a quienes se encuentran en mayores condiciones de vulnerabilidad, también es responsabilidad de cada uno de nosotros hacerlo.

Mi abuela nació en 1915. Vivió dos guerras mundiales. No pudo ir a la universidad, pero devoraba libros. Ha sido una de las personas más cultas que haya conocido. Mi madre, nacida en 1942, en plena segunda guerra mundial, tampoco pudo ir a la universidad. Trabajó toda su vida como enfermera y tiene una biblioteca de más de 3 mil libros. Nunca compró cosméticos, vestidos de diseñador o coches de lujo: siempre ha invertido sus ahorros en libros.

Yo soy académica, no activista. Los derechos humanos se pueden defender desde distintas trincheras. Mi responsabilidad es formar personas. La institución que dirijo, la Academia Interamericana de Derechos Humanos, ofrece programas de alta calidad académica con profesores nacionales e internacionales. El 90 por ciento de los estudiantes recibe una beca, y todas las demás actividades académicas, como talleres o seminarios, son gratuitas.

Combatir la ignorancia es nuestra misión principal. No es una ofensa. Es un compromiso de todo el sistema educativo. Y ojalá que las personas que se dedicaron a avivar la polémica en virtud de su libertad de expresión sigan apostándole a su educación y formación. Los libros de historia están repletos de casos de linchamiento público al que seguía un “¿y qué había hecho?”. A Cristo le pasó igual.

Ojalá alguno de estos libros llegue a sus manos, porque la otra gran pandemia del siglo 21 es la ignorancia. Y la misma se combate primero leyendo lo que se dice, entendiéndolo y, por supuesto, razonándolo. Si no se hacen esos pasos básicos, las personas seguirán siendo víctimas de su propia ignorancia.

 

La autora es Directora General de la Academia IDH

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA  y la Academia IDH