“¿En qué creen los que no creen?”, de Umberto Eco y Carlo María Martini, es un pequeño libro donde Eco, pensador y escritor, dialoga con Martini, cardenal de Milán, sobre diversos e imprescindibles tópicos, i.e., el otro, los hombres y las mujeres según la Iglesia, ¿cuándo comienza la vida humana?, laicismo, ética, etcétera. El mensaje del libro es esencial: es necesario creer.

Creer es imperativo. Creer en periodistas, ante todo en aquellos que denuncian y por hacerlo exponen sus vidas. Tras el cáncer del PRI y del PAN, creer en AMLO era una apuesta. Si hoy las palabras y ofertas presidenciales no se materializan, la descomposición social y la desconfianza se multiplicarán.

En el sexenio actual han sido asesinados cinco periodistas: Alejandro Márquez, el 2 de diciembre, en Tepic. Rafael Murúa, en Baja California. Santiago Barroso, en Sonora. Samir Flores Morelos y Telésforo Santiago Enríquez, el 2 de mayo en Oaxaca. Unas palabras sobre Flores y Enríquez.

El enigma sobre los responsables del asesinato de Flores —20 de febrero—, activista contrario a la instalación de una central termoeléctrica en Morelos, ejemplifica la turbiedad de las noticias y la imposibilidad para conocer la verdad. Hasta hoy no se ha resuelto el caso.

Destaco las ambivalencias de las noticias, ambivalencias cada vez más incómodas cuando quienes ejercen el poder son incapaces de ofrecer argumentos fiables. El quid del embrollo confronta dos hipótesis: A Samir lo mató el crimen organizado o fue asesinado debido a su activismo contra la construcción de la central termoeléctrica. A menos de que el crimen organizado sea el interesado por motivos económicos de construir la termoeléctrica, las dos hipótesis, como en tantos casos de nuestra realidad, confunden. Los interesados en edificar la planta, sean gobierno, iniciativa privada, o ambos, ¿fueron los responsables de difundir argumentos donde señalaron al crimen organizado como los ejecutores del asesinato?

Familiares y activistas consideraron que el asesinato se debió a la militancia de Flores contra la termoeléctrica; la Fiscalía de Morelos apuntó al crimen organizado. La Fiscalía sostuvo que existió una cartulina escrita por el crimen organizado donde el comando Tlahuica amenazó a Samir; la Fiscalía nunca mostró la cartulina.

Compañeros de la radio comunitaria de Amilcingo, hábitat de Flores, negaron que el occiso haya arremetido contra el comando; aseguraron, en cambio, que sí se había manifestado contra de la edificación de la termoeléctrica. Samantha César Vargas, compañera de Flores en el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y el Agua, rechazó los señalamientos de la Fiscalía.

Hartos de engaños, el 22 de febrero habitantes de Amilcingo marcharon en la Ciudad de México. Una de las pancartas decía: “Samir no murió. Lo mató el gobierno”. Signo de mal agüero la consigna de los compañeros de Samir. A diferencia de la “cartulina extraviada” las palabras de los manifestantes se reprodujeron en medios de comunicación.

El dos de mayo fue asesinado Telésforo Santiago Enríquez, fundador de la radio comunitaria Estéreo Cafetal del municipio de San Agustín Loxicha, Oaxaca. Disparos en rostro y cuello acabaron con su vida. De acuerdo a medios locales, Enríquez había cuestionado a la autoridad municipal por un presunto desvío de fondos. Amén de locutor era profesor y defensor de las lenguas indígenas.

El asesinato ocurrió el día previo a la celebración del Día Mundial de la Libertad de Prensa. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos comentó: “En los espacios radiofónicos, Santiago Enríquez exponía su análisis y crítica del quehacer gubernamental, y recién denunció a las autoridades municipales”. Según la CNDH, el nivel de impunidad alcanza el 90 por ciento en los delitos de homicidio, desaparición y atentados contra instalaciones de medios de comunicación mexicanos.

Jesús Ramírez Cuevas, coordinador de Comunicación Social del gobierno, comunicó en Twitter: “Desde el Gobierno asumimos el compromiso de hallar a los responsables que atentaron contra el periodismo mexicano”.

Como casi siempre sucede, las informaciones se contradicen y la verdad se desconoce. En México, esa situación es regla. Ya sea por urdir noticias, inventar y/o esconder información o por resguardar a los responsables, la información necesaria no se conoce. Descreer de las autoridades es mal síntoma. Desconfiar de quienes representan al gobierno es signo ominoso. Descreer es una peste contemporánea, mundial y mexicana. Releer a Eco y a Martini no cura, reconforta un poco.