El ruido que recientemente se ha generado en torno a la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) responde principalmente a motivaciones políticas y a opiniones muchas veces desinformadas. Nada tiene que ver con los criterios técnicos tomados en cuenta y la profunda reflexión y esfuerzo que se hizo para tomar la decisión de construirlo.

Se escuchan "argumentos" tan absurdos como que el país no está para tener un gran aeropuerto porque aún faltan escuelas y hospitales. Pero el razonamiento es justamente al revés, necesitamos inversiones que generen crecimiento económico, empleo e impuestos para poder financiar más escuelas, hospitales y servicios públicos. Tal es el caso del NAIM, el cual generará durante su construcción alrededor de 160 mil empleos, y una vez en operación, se habrán creado 450 mil.

El incremento de la conectividad aérea explica buena parte del espectacular crecimiento que ha tenido el turismo en México durante los últimos años, lo que se ha transformado en una importante derrama económica y millones de empleos.

En 2017 se registraron 68 millones de llegadas a los aeropuertos nacionales, esto es 60% más que hace 5 años. Tan sólo el actual aeropuerto de la Ciudad de México recibe a más de una tercera parte de estos pasajeros y más del 60% de la carga del país, pero ya no da para más. Esto significa que es indispensable construir el NAIM.

El aeropuerto actual está limitado a alrededor de 61 operaciones por hora y el NAIM triplicará esa capacidad. De acuerdo con expertos, continuar con las operaciones del actual aeropuerto, combinadas con las dos pistas alternas del aeropuerto de Santa Lucía, no alcanzaría para tener la capacidad del NAIM.

Por ello, operar dos aeropuertos sería tremendamente ineficiente, ya que duplicaría muchos costos de las aerolíneas, encareciendo así los precios a los usuarios y disminuyendo el atractivo de México como destino turístico.

Además, no hacer el NAIM significaría condenar a las regiones menos desarrolladas del país, ya que se dejarían sin una adecuada conectividad. Esto en la medida que las aerolíneas dan preferencia a sus rutas más rentables para ocupar los limitados slots.

Este proyecto está diseñado para ser autofinanciable, es decir, que la mayoría de la inversión requerida no proviene del presupuesto federal. Los flujos provienen de la emisión de bonos de deuda de largo plazo, que será amortizada con los ingresos provenientes del TUA (tarifa de uso de aeropuerto), es decir, lo paga quien lo ocupa.

Seguridad y eficiencia son los dos principios fundamentales para un aeropuerto exitoso. Por limitaciones de espacio, el actual aeropuerto está al tope de su capacidad y no puede seguir creciendo sin menoscabar dichos principios, y no hay ningún lugar cercano a la CDMX, además del sitio actual de construcción, que permita satisfacerlos a largo plazo.

Para lograr que un aeropuerto sea eficiente y seguro es que se diseña de arriba hacia abajo, es decir, desde el espacio aéreo, considerando los vientos dominantes, la dirección de las principales rutas y los obstáculos geográficos, de acuerdo con esto se decide la mejor ubicación de entre los terrenos disponibles.

La construcción del NAIM y su ubicación en Texcoco fue una decisión tomada a partir de estudios que se empezaron desde la década de los años 80, y desde 1995 se decidió que este era el mejor lugar debido a su cercanía a la CDMX, la disponibilidad de terrenos federales y un suelo similar o mejor al del aeropuerto actual.

Un beneficio adicional está en los terrenos que se liberarán, las 710 hectáreas del AICM se deben convertir en una zona de desarrollo y de prosperidad en el oriente de la ciudad. Ahí se podría establecer, por ejemplo, un Silicon Valley mexicano y una importante reserva ecológica que tanto le hace falta a nuestra capital, lo que apoyaría la integración de los jóvenes mexicanos a la economía del conocimiento.

Una mala política pública siempre resulta más costosa y termina por afectar a quien quiere ayudar. Obstaculizar proyectos tan necesarios como el NAIM refleja una corta visión y un pobre concepto de México, como un país acomplejado y definido por sus limitaciones en lugar de sus potencialidades. Si queremos un país de primera, se necesita infraestructura de primera.


Por Enrique de la Madrid
(Secretario de Turismo)