Hablar de Juan Gabriel artista es ocioso. Juanga se escucha, se siente, y se vive. como buena leyenda, tiene aspectos fascinantes.

El trabajo (o la falta de éste) me obligó a radicarme un corto tiempo en la frontera, al norte de nuestro Estado. Me instalé en una casa de asistencia (de resistencia) que administraba un matrimonio que estaba por entonces rebasando la mediana edad.

Ella era una señora de una dulzura casi empalagosa; él un hombre un tanto hosco, a la antigua, pero igualmente jovial y bueno para sazonar sus anécdotas.

En una de tantas charlas de sobremesa me contaron de la ocasión en que, materialmente a rastras, la familia llevó al páter familias a un concierto del “Divo de Juárez”. Sin pudores, mi casero recordaba la prejuiciosa naturaleza de su férrea resistencia:

“¡Y qué tengo que ir a verle yo al maricón ese!”, admitía haber esgrimido como argumento incontestable, aunque no era precisamente “maricón” la palabra que utilizaba.

 El caso es que antes de que aquel concierto concluyera su primer tercio, el otrora reticente ya estaba bailando, coreando y aplaudiendo cada tema del siempre espectacular Juanga.

“¡Me tenía con la servilleta, dándole vueltas, como una loca!”, reseñaba  entre carcajadas. El macho homofóbico se rindió ante “El Divo” y le profesó a partir de entonces la más sincera admiración.

Lo valioso de esta anécdota no es lo divertida que resulta (y créame que en voz de su protagonista realmente lo era), sino la evidencia que constituye sobre cómo un artista puede tocar el alma, corazón y mente de las personas para transformarlas en algo mejor. Podemos estar seguros de que al menos mi casero no volvió a desestimar el valor de un ser humano con base en sus modales o presumibles preferencias sexuales.

Hablar de Juan Gabriel artista es ocioso. Juanga se escucha, se siente, se vive. Analizarlo es destrozar la experiencia. Pero como buena leyenda, tiene otros aspectos igualmente fascinantes.

Juan Gabriel (pido una disculpa muy encarecida por la siguiente expresión) tuvo el valor de ser “joto” en un país y una época en la que ello además de estigma constituía un pasaporte automático a la más terrible segregación y escarnio.

Lo más fácil habría sido quizás vivir su homosexualidad en la oscuridad del closet, como hacen tantos, y venderse como algo que no era, condenándose  al infierno de la doble vida.

Pero no Juanga. El michoacano-juarense posicionó su honesta personalidad en el más clasista y discriminatorio ambiente artístico y se la supo imponer a un País en el que para ser hombre había que demostrarlo con absurdos desplantes de macho.

De hecho, aunque su repertorio abarca prácticamente todos los géneros de la música popular,  su legado vernáculo bastaría para ganarle un sitio destacado entre los más venerados ídolos rancheros, tabernáculo que se suponía reservado para cantores de atributos híper masculinos, no para un Divo, y sin embargo, hoy ocupa  por derecho propio un lugar en el Olimpo folclórico, justo al lado de José Alfredo quien como autor es el único con un legado equiparable.

El germen de la leyenda llamada Juan Gabriel, sin embargo, lo encontramos en sus humildísimos orígenes. Y es nuevamente la vida la que nos da una lección sobre cómo escribir una historia inspiradora, en la que cada ser humano encuentre algo con qué identificarse.

No hablamos de una familia pobre, sino paupérrima, en la que pereció la mayoría de la descendencia y el menor, Alberto, contra todo pronóstico sobrevive para ver la locura y consecuente reclusión de su padre, así como las penurias de una madre que finalmente se da por vencida y le deja en custodia del Estado. Allí, al igual que a Lennon, al compositor en ciernes se le abre una herida en su lazo materno que nunca dejará de doler.

En el colmo de la biografía arquetípica, es un maestro del internado el que se convierte en su gurú, le enseña un oficio pero además sus primeras nociones musicales. Es de este mentor, Juan Contreras, que tomará posteriormente su nombre artístico.

 Si ello no es la génesis de un héroe popular, entonces no sé yo absolutamente nada, pero intuyo aquí los ingredientes que hacen a un auténtico ídolo de cepa, forjado, no manufacturado y esto, aunque a los mexicanos nos arrebata, es digno de encomio en cualquier rincón del mundo.

Apenas hace unos días mencionábamos que un artista precisa del dolor como materia prima para metabolizarlo en formas más sublimes. Juanga, lejos de ser la excepción, es la confirmación de dicha regla. Hizo de su dolor un canto que en automático conectó con la vocación nacional para cantarle al amor y al abandono.

Hablar de sus records y estadísticas como compositor también me parece fuera de lugar. Basta decir que fue tan prolífico que cuando uno se desayunaba Juan Gabriel ya había compuesto dos canciones y de su inmenso repertorio, sus melodías peorcitas son, por decir lo menos, muy pegadizas.

Juan Gabriel no sólo reunía los requisitos para ingresar, bailando, hacia la posteridad, sino también para perder el piso y extraviarse para siempre en los retorcidos laberintos de la fama. Mas algo, muy enraizado en sus orígenes, lo mantuvo cuerdo y de su fortuna dedicó siempre importantes sumas a diversas causas filantrópicas, por lo que su efigie post mórtem se sigue forjando impecable.

La mezcla de talento y carisma le habría alcanzado para destacarse internacionalmente, y fue su triunfo sobre la adversidad lo que lo elevó a la categoría de ídolo popular, pero el valor de atreverse a vivir sin complejos y ganarse por completo a un País que denuesta y denigra todo lo que él era, eso lo convirtió en leyenda.
 
         ¡Larga vida a Juanga!
         ¡Larga vida al Señor Sol!