No recuerdo quién me contó de este sitio.

Bueno sí recuerdo, pero mejor me ahorro el nombre para evitar dificultades.

Digamos que fue un lector del Semanario.

Pues bien el lector de marras me decía de un lugar de San Buenaventura al que la gente había bautizado como la “escuelita”.

Un predio solitario del que los Zetas se habían apoderado y en el que se dedicaban a entrenar el tiro al blanco y vaya usted a saber a qué otras macabras “disciplinas”.

Estaba, me dijo mi fuente, en las orillas del pueblo, rumbo al rastro viejo. 

Yo tenía, como aconseja el gurú del periodismo narrativo latinoamericano Martín Caparrós, que ir y ver, y fui y vi.

Huelga decir que nadie en San Buena quería hablar del asunto, porque aunque ya ha pasado tiempo desde los días de la malandrada, a la gente le da miedo abrir el pico.

No sabe lo que batallé para que los vecinos de este municipio del centro del Estado me orientaran sobre la localización exacta del sitio.

Que no sabían, que por allá, que se rumora, que nunca habían oído hablar de ese lugar, que yo no digo nada.

Hasta que di con un regidor que a tirabuzones me reveló dónde estaba el terreno.

Y lo encontré.

La escuela donde los Zetas entrenaban para matar en Coahuila.

Era un predio desolado en medio de la nada, cuya barda perimetral de block estaba salpicada de balas por todas partes.

No le miento, pero todavía había casquillos de R–15 regados a flor de tierra,  muchos casquillos.

Y a los costados de aquel lote había dos enormes zanjas que, se decía, los Zetas habían mandado cavar, vaya usted a saber para qué.  

La verdad estuve si acaso algunos minutos en ese terreno que parecía como un gran establo.

Me dio miedo, ¿va usted a creer?

Y mejor me retiré.

De regreso al pueblo la gente me contaba los horrores que había vivido en los años de peor violencia.

Secuestros, casas de seguridad en pleno centro de San Buena, de donde emergían gritos de dolor; balaceras a la luz del día, niños–halcones con radiocomunicadores afuera de los Oxxos, tipos en camioneta, yendo en sentido contrario, enseñando sus cuernos de chivo, y una retahíla de horrores.

Una de esas historias que nunca se me van a olvidar y que todavía me da escalofrío contar.