En los últimos años de las señoritas Purcell, la sala y la biblioteca de la planta baja se convirtieron en recámaras de Anita y Elenita, y el área social se trasladó al hall, donde se recibían visitas y se servía el té a las cinco de la tarde. El piano se colocó en el recuadro, bajo las ventanitas que ven a la calle Hidalgo. Del lado opuesto de donde había sido la sala principal, el antiguo salón fumador destinado a los caballeros y amueblado con pesados sillones de cuero negro se convirtió en extensión de la alacena, con un congelador grande para carnes y pescados, mesas llenas de frutas traídas de La Laguna y otras cosechadas en el jardín de la casa y la huerta de la calle Murguía, y estantes llenos de frascos de conservas elaboradas en la cocina. En la parte posterior de ese mismo lado y separado por un pequeño vestíbulo de acceso al patio lateral que lleva a la cochera, se encontraba el comedor, comunicado con la alacena y la cocina. Tenía una vitrina grande donde se guardaba la loza de porcelana y un mueble especial para la cuchillería de plata. Al centro estaba la gran mesa sobre una alfombra en colores rosa y rojo.

La escalera desemboca en la segunda planta en una estancia donde había un diván, mesitas con cubierta de mármol y enormes roperos que guardaban ropa blanca, telas importadas y vestidos para ocasiones especiales, y distribuidas a los lados seis grandes recámaras, tres servicios sanitarios, una pequeña capilla, un salón de costura con su cuarto de deshilado, y al fondo, después de un corredor, dos habitaciones y un baño para la servidumbre, además de la escalera de servicio que lleva hasta el sótano.

El último nivel de la casa es el ático. Una fuerte estructura de madera a dos aguas constituye el pronunciado techo recubierto con lámina de zinc troquelada, antes siempre pintada de verde y desde la restauración en 2005 de un color cobrizado. Ahí se guardaban las cosas en desuso: muebles, maletas, cortinas, cuadros, lámparas, baúles llenos de ropa y un montón de objetos que por varias generaciones colmaron la vocación exploradora de los niños de la familia, primero los hijos de Guillermo y Elena, luego sus seis nietos y hasta sus bisnietos. Estos últimos alcanzaron todavía las mieses de los negocios mexicanos del bisabuelo, y algunos visitaron con sus padres a las tías solteras en la residencia de Saltillo que, por disposiciones testamentarias del patriarca de la familia, no le fue asignada en herencia a nadie en particular, sino que quedó para uso familiar. A la muerte de Elenita, en 1977, la casa quedó deshabitada y a cargo del administrador de la compañía mercantil “Guillermo Purcell, Sucesores”, liquidada en 1997. Arrendada por esta casa editora, la Casa Purcell funcionó como Centro Cultural VANGUARDIA y dio cabida a distintas expresiones del arte y la cultura durante 16 años. Finalmente en 2004 fue adquirida por los gobiernos, estatal y municipal, y destinada a actividades para la cultura y las artes de Saltillo.

En Saltillo todavía hay quienes recuerdan a la familia Purcell, pero la importante figura del empresario Guillermo Purcell no ha sido rescatada aún para la historia de la economía y la empresa en Coahuila y el norte de México. Una de sus nietas, Mamie Charlton, escribió un libro, “La vida de Guillermo Purcell” (Saltillo, 2000), en el que reconstruye de manera entrañable la vida de su abuelo con base en sus cartas conservadas por una de sus tías solteras y al contenido de dos pequeñas cajas que, desde la muerte de su abuela Elena O’Sullivan, habían permanecido abandonadas en la casa inglesa de su madre Bridget Purcell de Charlton. Ese libro me dio algunos datos sobre la familia y otros los tomé del libro escrito por Arturo Villarreal Reyes, “Casa Purcell. Alma por Contagio” (2014), quien enfoca especialmente la residencia desde el punto de vista arquitectónico y sus elementos decorativos.