La Marcha de la Locura es el título de un libro seminal que escribió Bárbara Tuchman en 1984 sobre la sinrazón en las tomas de decisiones. Habla de cómo la soberbia, la falta de juicio, sentido común o información, lleva a actuar a los líderes en contra de su propio interés. Esto es como se puede explicar la forma de actuar del presidente Andrés Manuel López Obrador en el diferendo con el semanario británico The Economist la semana pasada, contra el que explotó en furia, acompañado por buena parte de los círculos cortesanos, luego de que él mismo ignoró las advertencias de lo que se iba a publicar y desestimó los consejos para atajar el golpe mediático.

La cara del gobierno por la displicencia presidencial la dio el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, en una réplica que envió al director -se equivocó de género porque desde enero de 2015 es directora- del semanario, que no sólo reflejó el humor de un funcionario regañado por el Presidente, sino del propio López Obrador, quien cuando su canciller le anticipó lo que se estaba cocinando en Londres, palabras más, palabras menos, le respondió que no perdiera su tiempo atendiendo los prejuicios contra su gobierno. La insistencia de Ebrard para subrayar la relevancia de lo que preparaba The Economist, cayó en los oídos sordos del Presidente.

Cuando la portada latinoamericana comenzó a circular el jueves temprano, bajo el titular de “El falso mesías”, López Obrador se puso furioso, según describieron varios funcionarios, y le reclamó a Ebrard en la reunión de gabinete tempranera. El canciller le había dicho días antes del texto, del cual se enteró porque la editora -aparentemente de la sección de América Latina, Josie Delap-, le había solicitado la posición del gobierno. Cuando se lo informó, López Obrador lo ignoró e instruyó que hiciera lo mismo. Al aparecer en Twitter el adelanto, lo increpó y le reclamó que le había dicho que sería un artículo, no la portada, que enmarcaba un editorial que lo puso como populista y autoritario.

Ebrard se defendió con un argumento simple, pero real: no le dijeron que sería la portada (de la edición latinoamericana solamente). Le dijo que les había enviado dos documentos, que le llevó a mostrar López Obrador, quien de nueva cuenta lo ignoró. Hasta ese momento, la discusión sólo había exhibido la falta de comprensión del tabasqueño de lo que un texto crítico de su gobierno, que apareció en las seis ediciones de la revista, significaría para él. No le preocupó tanto en los reclamos a Ebrard lo que generaría entre inversionistas y gobiernos del mundo, en cuyos despachos se encuentra siempre The Economist, sino la caracterización de autoritario.

Y como describe Tuchman en varios de los estudios de caso de su libro, López Obrador volteó a ver a otros consejeros para escuchar su opinión. Al primero que le preguntó en esa reunión previa a la mañanera llena de ácido y furia, fue al vocero, Jesús Ramírez Cuevas, quien le dijo que The Economist fue hace mucho tiempo una revista influyente, pero que en la actualidad se encontraba desgastada y desacreditada, sin la reputación de antaño. No se sabe si en verdad eso es lo que piensa Ramírez Cuevas o si tocó la música que quería escuchar su cómplice en la guerra de propaganda contra sus críticos.

Ante semejante afirmación, el consejero presidencial, Lázaro Cárdenas, se metió en la controversia y dijo que independientemente de su buena o mala reputación, quienes toman decisiones políticas o empresariales en el mundo, siguen semanalmente al semanario. Cárdenas propuso un control de daños y enviar una carta donde cuestionaran las aseveraciones del artículo. A esa hora, prácticamente nadie había leído el editorial de The Economist, porque prácticamente nadie habla inglés, y aún no estaba lista la traducción.

A los dos momentos de lo errado a la toma de decisiones, el soslayamiento de López Obrador de lo que venía y la descalificación que hizo Ramírez Cuevas, se sucedieron otros posicionamientos no menos graves. El Presidente le pidió la opinión a quienes estaban en la reunión, las secretarias de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, de Economía, Tatiana Clouthier y de Trabajo, Luisa María Alcalde, además de un personaje que cada vez parece más miembro del staff presidencial, Arturo Zaldívar, presidente de la Suprema Corte de Justicia, quienes coincidieron en el argumento de Cárdenas que podría hacerle daño la publicación. Pero en el colmo de la ignorancia -porque no se puede entender de otra forma-, una de las secretarias dijo que el editorial de la revista había sido financiado por sus enemigos mexicanos.

La extrapolación mecánica de las cosas nunca es recomendable, pero cuando se hace en la toma de decisiones al nivel de jefe del Ejecutivo, los efectos negativos son mayores. Si esa idea fue aceptada por todos, o quienes pensaban diferente no se atrevieron a decirlo ante la irritación del Presidente, lo que afloró de esa discusión fue la falta de rigor analítico colectivo, decisiones sin suficiente información y falta de juicio.

Ignorando a Ebrard, el Presidente le pidió a Ramírez Cuevas, a Clouthier, a Cárdenas y al consejero jurídico, Julio Scherer, respuestas contra The Economist para la mañanera, mientras el canciller le dijo que su equipo había preparado un borrador de la réplica. López Obrador ordenó a Ebrard enviar la carta de inmediato. Se desconoce el contenido de las respuestas. En las 301 palabras que empleó el Presidente el viernes para referirse al editorial, poco sustancioso hubo. La carta de Ebrard fue de 970 palabras, contra mil 89 palabras que en su traducción al español tuvo el artículo de The Economist. Muy larga la respuesta mexicana, proporcional a la displicencia presidencial de no haber atendido en su momento las advertencias del canciller, y que nos regresa a Tuchman, porque López Obrador es uno de esos líderes cuyas acciones suelen ir en contra de sus propios intereses.