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Hay un inquietante cuadro de El Bosco titulado “La extracción de la piedra de la locura”. En la Edad Media se creía que las personas locas tenían, precisamente, una piedra en la cabeza. Para “sacarla” realizaban una operación, que es la representada por el artista neerlandés en su famosa pintura. La imagen siempre me perturbó: el loco con la mirada perdida y el cráneo abierto; el médico que lo atiende es un estafador y los otros personajes algo así como una alegoría de la ignorancia. Siglos más tarde, la poeta Alejandra Pizarnik escribió un poema con el mismo título: “Lloras funestamente y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra, a ella, tu solo privilegio”, dicen los versos. Hace unos días leí una novela donde aparece, otra vez, esta asociación. Se llama “Mal de piedras” de la escritora italiana Milena Agus. Desde que la terminé, no dejo de pensar en ella.

En la obra desconocemos el nombre de la protagonista. La historia está narrada por su nieta (que tampoco se presenta). Así nos muestra a “Abuela”, una joven sensible y un tanto extraña. Es bella y por alguna razón los pretendientes se le desaparecen. Termina casándose con un hombre viudo que la acepta por compromiso. ¿El contexto?, los años cuarenta del siglo pasado: la marca de la guerra, las crisis, la fragmentación. Al avanzar las páginas nos enteramos que Abuela escribía ardientes cartas de amor a los jóvenes (espantados, se le escabullían). Su madre, al enterarse, la reprendió a golpes. Poco a poco, muy entrelineas, surgen los síntomas de la locura: la muchacha se encerraba a gritar, se hacía cortes en los brazos, se lanzaba al pozo para ya no existir. Las piedras las llevaba en los riñones, no en la cabeza, pero eran, al fin, su mal.

La novela juega con los lectores y nos hace perder la frontera entre la realidad y las fantasías del personaje. Para no contar el final, sólo diré que Abuela descubre que escribir sus pensamientos, sus deseos, le ayuda a sobrellevar la vida. Pese a los ruegos del maestro, dejó la escuela en cuarto grado, aunque la imaginación y la inteligencia no la dejaron a ella. En el camino, al igual que el protagonista del cuadro de El Bosco y que la mismísima Alejandra Pizarnik, tuvo que enfrentarse a la piedra de la locura. Esa obstrucción dolorosa, rígida y estéril que casi acaba con quien la porta. 

Algunas personas de letras piensan que es muy romántica la idea de la escritura como salvación. Que la escritura no salva del hambre, de la tragedia, de la enfermedad más horrible. Yo pienso que sí nos salva. La escritura nos regala un espacio en medio del infierno. No es fácil (como nunca es fácil la vida en medio del infierno). Pero hace habitable el mundo del atormentado. En la sociedad trazada por los poderosos, el rebelde, el que imagina, es el loco. Dice Michael Foucault: “El símbolo de la locura será en adelante el espejo que, sin reflejar nada real, reflejará secretamente, para quien se mire en él, el sueño de su presunción”. Las palabras, como decía Borges, son un espejo de tinta.

Milena Agus dice que en el fondo “todo escritor es un desgraciado”. Al igual que Abuela, la novelista pensaba que su vida era ordinaria, “pero su gente cercana comenzó a hacerle notar su ‘locura’”, según comentó en una entrevista. Redactar este libro significó acompañarse en el proceso. Escribir para extraer la piedra.