El Cardenal Beltrone, vestido de rojo púrpura preside la mesa rectangular; a su mano izquierda están Guerrero y Gutiérrez, a su derecha, Abramo, Flores y Riquelme. 

Seis monjas agustinas recoletas servirán a los comensales. 

El Papa Enrique I, en pintura que cubre una pared, da veracidad al encuentro. 

El patriarca precisa: “Señores, el asado de puerco, las siete sopas y los postres están listos. Los vinos también. El que no se indigeste, será el  Gobernador de Coahuila. Brindemos para que prometan apoyarlo”.“¡Salud, excelencia! ¡Así será!, responden”.

Beltrone mueve una ceja, las monjas sirven la sopa adelgazante, de la templanza, contra la gula, y el puntualiza: “No olviden, que el próximo Gobernador continuará administrando la pobrezacon una deuda de 36 mil 767 millones de pesos. No podrán ser voraces, sino austeros, transparentes y rendidores de cuentas”. 

Sirvan la sopa fría de zanahoria y naranja, de la generosidad contra la avaricia, y  Beltrone comenta: “Esta les exige redoblar esfuerzos para mantener las tasas de inversión, con mayor diversificación regional; y de empleo, con mejoressalarios y capacitación”. 

Algunos de los invitados empiezan a resentir pesadez y ardor abdominal. 

Ponen la sopa de fideos secos, de la castidad contra la lujuria, y Beltrone enuncia: “Deben encontrar el punto de equilibrio —casi imposible— entre la explotación corporativa del Gas Shale y el cuidado de nuestro medio ambiente”.

Llega la sopa de papa caliente, de la diligencia contra la pereza (o el miedo), y él precisa: “Asegúrense asimismo al comerla, que podrán mantener una lucha sistemática contra el narcotráfico y crimen organizado en sus diversas dimensiones, sin descansar”.

Tres de los comensales eructan y hacen ruidos intestinales fuertes. 

Ponen la sopa de estrellitas, de la humildad contra la soberbia, y Beltrone espeta: “Deberán tener los píes bien plantados sobre la tierra e impulsar, hasta sus últimas consecuencias, las reformas estatales en transparencia, rendición de cuentas y derechos humanos”. 

“Llega la sopa de lechuga, de la paciencia contra la ira, y Beltrones subraya, ésta les obliga a ciudadanizar, sin simulaciones, el poder público estatal y municipal”. 

Los cinco pre candidatos ya sienten agruras, acidez o reflujo.

Cuando las monjas agustinas recoletas sirven la sopa de tortilla, la de la caridad contra la envidia, cuatro de  los calefactos corren al baño para vomitar. 

Sólo uno, con cierta dificultad, termina la sopa, sorbe un poco de vino y empieza a degustar los Cannoli, los PannaCotta y los Cantuccini; los postres traídos desde Roma para esta ocasión.
¿Quién es esa persona, amable lector, a la cual su excelencia Beltrone eleva su copa para el brindis final?