En las últimas décadas, desde los diversos ámbitos de Gobierno hasta la sociedad civil organizada, se han estado llevando a cabo acciones y conjuntando esfuerzos para prevenir, atender, disminuir y sancionar la violencia contra las mujeres y las niñas.

Estos esfuerzos incluyen grandes campañas en los medios masivos de comunicación, observatorios de violencia, refugios de protección para los casos de violencia extrema, centros de Justicia especializados en atender esta problemática, hasta la implementación –fallida o no– de alertas de género por el aumento de casos de feminicidio. Todo esto pone en relieve la violencia y la realidad que viven las mujeres y la condición de desigualdad que existe en nuestro País.

Una de las preguntas más frecuentes es si vamos en el camino correcto, si se disminuyen realmente los índices de violencia, o si todos estos buenos propósitos culminan o no en la consecución de los objetivos planteados.

Cada paso ayuda, cada acción favorece el transitar el camino hacia una sociedad más justa y equitativa para las mujeres y las niñas, aunque lamentablemente no sea una meta a corto o mediano plazo, falta mucho por hacer, aún hay muchas consciencias por despertar.

Desde mi perspectiva como defensora y al servicio de los derechos de las mujeres, me atrevería a decir que el camino es abrupto y muy largo, y que frecuentemente damos palos de ciego por pretender cambiar de inmediato a una sociedad profundamente patriarcal, que por siglos confinó a las mujeres al ámbito de lo privado, del cuidado, del amor romántico, donde la vida completa se resuelve con la aparición del valiente príncipe que viene a salvarla, mientras se mantenga encerrada en la torre más alta del castillo, mientras sea una gran mujer atrás de un gran hombre, mientras no pretenda romper estereotipos establecidos.

Nuestra sociedad cambiará cuando, desde la familia –cualquier tipo que ésta sea– emprendamos nuestra propia campaña en favor de la igualdad, de la equidad de género, de la no violencia contra las mujeres, y esto incluya el empoderamiento de las niñas, el brindarles las mismas oportunidades de estudio y desarrollo que a los varones, el permitirles vivir su infancia libremente, pero también es aligerar el peso en los hombros de nuestros niños de ser los eternos proveedores, de permitirles mostrar sus emociones sin estereotipos, sin división de labores de acuerdo al género y, por supuesto, sin rosa y azul.

Yo les invito a reflexionar cómo educamos a nuestras hijas e hijos, si queremos una bella princesa o una mujer libre con igualdad de oportunidades para lograr una vida plena, en una sociedad que no la limite, por la que pueda transitar sin miedo a ser violentada o incluso muerta simplemente por ser mujer.

 

Ing. Mayela Chávez Burciaga

Directora General Centro de Apoyo Opciones Dignas, A. C. @OpcionesDignas

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