En este país nuestro, como decía mi madre, “traemos el rastro al revés”, y no es de ahora, lo hemos cargado por siglos, pero pesa como lápida y por ende YA debiéramos deshacernos de semejante indignidad. Esa adoración supina por los gobernantes, aunque sean escoria a ojos vistas, nos ha perdido, nos ha robado –porque lo hemos permitido– la posibilidad de ser un país en el que la prosperidad generalizada deje de ser aspiración y se convierta en realidad para millones de mexicanos que nunca la han visto ni de lejos. Por mandato de ley no se cambia la mentalidad de un pueblo, porque si así fuera desde el siglo pasado ya hubiéramos dejado la práctica masoquista de rendirle pleitesía a quienes se alquilan para “servirnos” a cambio de una dieta que ellos mismos se recetan y que se cubre con los recursos de quienes pagamos impuestos. Pervive el desdichado sistema instaurado por siglos de sometimiento y perfeccionado por los setenta años de hegemonía tricolor, que tampoco la alternancia deshizo, y la prueba está en que volvió el PRI a gobernar y permanece haciéndolo a través del actual régimen, exactamente con los mismos instrumentos. ¿Qué no? Pero si está a la vista. Cuanta menos independencia tenga un ciudadano para elegir en libertad a quienes lo gobiernen, mayor poder adquiere el Estado. Y solo se es independiente cuando se es autosuficiente. A mayor autosuficiencia, mayor libertad. Quienes gobiernan tienen la obligación de generar condiciones para que sus gobernados sean libres en toda la extensión del concepto y no tengan que depender de programas asistencialistas ad perpetuam, sino de su trabajo, de sus propios ingresos, de lo que se ganen per se porque recibieron a través de la educación y la formación los medios para serlo y hacerlo. Mientras eso no ocurra persistirá el juego perverso que mantiene a la población en calidad de súbditos, no de mujeres y hombres libres. Y pillos, cínicos y déspotas continuarán llegando a ocupar cargos para los que no sirven, pero de los que se sirven para robar hasta la impudicia y lo que le sigue, en la absoluta impunidad. Ni en sueños habrá transformación, bajo estos términos.

El objetivo de Andrés Manuel López Obrador está clarísimo, sólo quien no quiera verlo no lo ve. Es la misma deleznable práctica de la dádiva a millones de mexicanos, es continuar reduciendo a la mínima expresión el poder ciudadano, en todos los sentidos. Su plan es mantener un gobierno autoritario al amparo de un Estado omnipresente, que supura ADN totalitario. México siempre ha estado enfermo de populismo, de clientelismo, de corporativismo, de todo lo que le pudre la vida a una nación. Hemos vivido inmersos en un presidencialismo feroz, acostumbrados a una dizque división de poderes que se lee muy bonita en la Carta Magna, pero nada más ahí. Hoy tenemos un gobierno de izquierda legitimado en una elección democrática, pero cuyo ejercicio del poder, no lo es. Hoy estamos viendo como sus legisladores en las dos Cámaras, implementan por mandato directo del tlatoani, reformas tendientes a modificar el sistema que les permitió llegar al poder y perpetuarse per secula seculorum. Su intento el año pasado por desaparecer el INE y las 300 juntas locales, no les prosperó, pero no está muerto el proyecto. La genuflexión vergonzosa para  incrustar a los favoritos del presidente en los organismos ¿autónomos? Imponer nuevas cuotas y cuates, no es lo que la democracia mexicana necesita para curarse la anemia que padece.

La creación de una Guardia Nacional conformada por ex militares, los programas asistencialistas sin reglas. Y haciéndole dupla en la multiplicación de la pobreza dándole hasta por debajo de la lengua a la clase media, a la clase que sostiene a un país exitoso. Todo responde a los “postulados” del Foro de Sao Paulo. No es más que la “receta” de como engullirse a las endebles democracias del continente americano para convertirlas en dictaduras del siglo XXI, verbi gratia la venezolana, la nicaragüense, la boliviana…Les faltaba México.

Por eso esta pandemia le ha venido como anillo al dedo al régimen lopezobradorista, era el ingrediente que faltaba para la ejecución “estrella” de lo acordado. Lista para servírsela a una sociedad a la que se ha encargado durante 19 años y seis meses, hoy con más enjundia en sus mañaneras, de polarizarla, dividirla, de generarle enconos alimentados en el caldo oprobioso del resentimiento, la ignorancia, la complicidad y la maldita indiferencia. Hoy estamos frente a una pandemia que no está controlada, con zonas del país altamente contagiadas, con un número escalofriante de fallecimientos todos los días, con el desempleo in crescendo, y un montón de mentiras y medias verdades gestadas desde el propio gobierno para hacer más densa la zozobra. Eso se llama perversión. Y el destinatario es el pueblo de México, o sea TODOS NOSOTROS. López Obrador no va a renunciar a la presidencia, bajo ningún concepto, no está en sus planes.

Su consigna es desgraciar a México y no va a parar hasta lograrlo. 30 millones de votos lo encumbraron a la presidencia de la República, le entregaron - como es costumbre en nuestro país - en charola de plata todo el poder. No dejaron un solo contrapeso. No espere usted milagros.

La clase media tiene la palabra, a ver si despierta del letargo. De no hacerlo, vamos a tragarnos el cáliz amargo de una muerte lenta. Réquiem por los niños y los jóvenes, gracias a la cobardía de quienes preferimos quedarnos en calidad de mirones.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.