El gobierno de México expresó su solidaridad al gobierno y pueblo de Nueva Zelandia por los trágicos ataques a dos mezquitas en Christchurch.La inclusión y el respeto a la diversidad son valores fundamentales de nuestros países, escribió la Secretaría de Relaciones Exteriores en su cuenta de Twitter el 14 de marzo pasado.

En efecto, si la inclusión y el respeto a la diversidad son valores fundamentales para ambos países, si la SRE  pudo expresar esto por medio de un tuit, y si los derechos humanos son también valores fundamentales, ¿por qué entonces no existe otro tuit, que refleje una acción, un discurso, un posicionamiento  o una pequeña parte de nuestra Ley Suprema que haya podido mostrar una postura de reconocimiento a los derechos humanos del pueblo de Venezuela?

La pregunta anterior la sustento en el hecho de que México ratificó en 1981 la Convención Americana sobre Derechos Humanos, también conocida como Pacto San José (el cual estipula que las relaciones internacionales en este hemisferio se guiarán por la protección y la promoción de los derechos humanos), y también en nuestro artículo 89 Constitucional, que se refiere al respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y a la lucha por la paz y seguridad internacionales.

Sin embargo, la realidad me hace pensar en dos posibles explicaciones a la actitud oficial de México: la primera, que en nuestro país existe una discusión o controversia sobre la vigencia y cumplimiento doméstico de los derechos humanos, que nos impide -como ciudadanos o partidos políticos- asumir posturas de defensa de estos conceptos en el exterior. Es como decir: ¿qué autoridad moral tiene México para defender los derechos humanos de los demás, si aquí los violamos con frecuencia? (ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzosas, con un evento tan emblemático entre tantos como el caso de Ayotzinapa, etc.). Sin embargo, esto no debería impedirnos denunciar violaciones que ocurran en otros países. No debería existir ni nacionalidad, ni ideología, ni partido político alguno, ni el interés inmediato, ni la necesidad de soluciones de orden internacional, ni una parte de la constitución que pudiera evitar que exigiéramos la afirmación de principios humanistas en nuestro país o en el exterior y en toda circunstancia.

La segunda parecería ser la existencia de una empatía oculta con la dictadura de Maduro, o un posible compromiso no confeso de la izquierda mexicana con la tiranía venezolana, que el presidente López Obrador no quiere quebrantar (si así fuera, ojalá que al menos y dentro de esos compromisos haya uno que le asigne a Maduro y a sus secuaces una casa blanca, perdón, una prisión paradisiaca en las Islas Marías. Con eso de ya nos mandaron 525 reos al penal de las Mesillas, en Ramos Arizpe).

¿Cómo no pensar en un compromiso no confeso de AMLO con el régimen de Maduro si en estos 100 primeros días de su gobierno lo más claro de sus mensajes públicos ha sido que no existen imposibles? Al presentarse la crisis humanitaria en Venezuela solo le bastó buscar en nuestra Constitución el apartado correspondiente a la autodeterminación de los pueblos en el art. 89, para legitimar su decisión. Pero ¿quién es el pueblo?;¿quiénes de los casi 32 millones de habitantes están en contra de Maduro y a favor de elecciones libres que permitan una transición ordenada? ¿la autodeterminación de qué parte del pueblo es la que debe respetarse? ¿la de cuál de los bandos? Vistas así las cosas, en realidad lo que parecería que México está respetando es la autodeterminación de Maduro. Respeta que un gobernante utilice la crueldad y -en forma inhumana- la tortura, el asesinato, el secuestro y la detención de personas durante largo tiempo, sólo por el temor de que narren sus experiencias o para evitar que se descubran ciertos hechos.

Cualquiera que haya sido el verdadero motivo de la postura de México hacia Venezuela, será sólo cuestión de tiempo para darnos cuenta de que no basta un Juan Guaidó ni una intervención militar extranjera (que termina siempre fortaleciendo a las dictaduras), para terminar con la degradación venezolana. Se requiere de una comunidad internacional que tome partido, porque los indiferentes son peso muerto para la historia. El ciclo de la violencia y la degradación solo puede ser vencido con el coraje de la solidaridad y la paz; solo de ahí surgirá una patria nueva para todos los venezolanos.