Algunos achacan a nuestra herencia española muchos de nuestros usos y costumbres, particularmente los más negativos. Otros hacen esto mismo respecto de nuestras raíces indígenas, pero, por la razón que sea, solemos ser más benévolos con nuestro lado indígena. Es irónico, tras idealizar al indio muerto, menospreciamos a los indios vivos. ¿Cómo sería México si tradujéramos esa “benevolencia” hacia nuestra tradición indígena, en acciones concretas para hacer justicia a los pueblos originarios? Lo sabemos bien, las comunidades indígenas se cuentan entre los más pobres de entre los pobres.

El historiador inglés Niall Ferguson sostiene, en uno de sus documentales sobre la civilización occidental en YouTube, que la diferencia entre la conquista española y la inglesa consiste en que la primera llegó cargada con los títulos nobiliarios y estructuras sociales imperantes en la España del siglo 16. Clases, castas y desigualdad que se impusieron desde el primer momento en lo que hoy es México.

Mientras tanto, en América del Norte los “Pilgrims” apostaron por deshacerse de todo lo que no querían de la vieja Inglaterra. Puritanos y escoria delincuencial, rechazados por Londres y sus alrededores, cimentaron una nueva sociedad en América. Mientras en el territorio conquistado por España se impusieron estructuras preestablecidas en la Península; el modelo impulsado por Inglaterra orilló a sus nuevos habitantes a ponerse de acuerdo, de tú a tú, y en condiciones de igualdad dentro de los escasos límites que les impuso la corona. Allá la democracia igualitaria fue un duro parto al que terminaron por acostumbrarse. Acá los estamentos, clases sociales y desigualdad siguen siendo el pan nuestro de cada día.

Allá, desde el comienzo, se excluyó y exterminó a la población originaria de la que sólo restan girones, confinados en reservas. Acá, mal que bien, sobre todo en el Centro y Sur del territorio, predominó el mestizaje en condiciones de pobreza y explotación. En el norte mexicano el esclavismo y la guerra de exterminio casi acabaron con las culturas autóctonas.

Con el paso de los siglos, España logró evolucionar, igual que el Reino Unido, y ya es una democracia madura y moderna, con los enormes retos que suelen enfrentar las sociedades democráticas. La mejor forma de medir el funcionamiento y madurez de una democracia es ponderar cómo enfrenta sus adversidades. Si sale airosa, se fortalece el pacto social.

Los españoles han tenido que enfrentar grandes retos. Una sangrienta guerra civil, el franquismo fascistoide, el separatismo en las comunidades autónomas, el terrorismo de ETA, la erosión de los partidos políticos, la corrupción y muchos más. Cada obstáculo ha sido una prueba que fortalece a sus instituciones, las blinda y las proyecta al milenio que comienza. Por supuesto, no constituyen una sociedad perfecta. Se discute duro y claro. ¿Ha presenciado, usted, algún debate entre partidos durante una elección presidencial? ¿Qué podemos decir de las discusiones y referéndums en torno a la autonomía Catalana o los debates en el Congreso de los Diputados?

Aunque se polaricen las posturas, siempre encuentran la forma de respetar los límites establecidos en el pacto de La Moncloa que sustenta a la España moderna. Nada ha sido fácil, por el contrario, el saldo acumulado de logros y reveses tiene detrás muchas vidas sacrificadas en el largo camino a la modernidad.
Mariano Rajoy dejó la Presidencia del Gobierno Español tras el voto de censura promovido con éxito por el líder del Partido Socialista, Pedro Sánchez. Recordemos que Rajoy no contaba con mayoría en el Parlamento. Su gobierno, desde la última elección, pendía de acuerdos sostenidos por alfileres que acabaron tirados al piso tras una serie de actos de corrupción sancionados por el poder judicial.

Presencié varios debates entre Rajoy y Sánchez, y como los de Aznar y González; Rajoy y Zapatero, cargaban mucha pasión. Debates a navaja libre, pero con respeto absoluto a las reglas, escritas y no escritas. El enfrentamiento es siempre polarizante, pero cuando se trata de defender la democracia, pactada sobre la sangre de miles, nadie los divide. Aunque Zapatero era adversario de Aznar y nada monárquico, se sentó junto al Rey a defender a Aznar contra Hugo Chávez en aquella Cumbre Iberoamericana. Juntos, la derecha y la izquierda, populares y socialistas, salieron a las calles a condenar el terrorismo. Juntos defienden la unidad española, con pleno apego a la Constitución. Así, Rajoy se despidió dando la mano a Sánchez, tras perder el voto de censura y deseó suerte a su adversario, “por el bien de España”. Finalmente, y a la vista de todos, estuvo presente en el juramento de Sánchez frente a la Constitución y el Rey, como lo marca el protocolo. Así estuvo Zapatero con él y estará Sánchez con su sucesor.

Las sociedades democráticas no pueden ser ni son homogéneas. Mucho divide y contrapone a los humanos. Importa acordar reglas para el acuerdo y el desacuerdo, para eso sirve una Constitución, de ella se desprende todo un entramado de normas e instituciones que, sustentados en la libertad y el respeto a los derechos humanos, dan vida a la democracia. En México no logramos ponernos de acuerdo en esas reglas. Perdimos 18 años, quizá 30, quizá 50 y todo indica que vamos por otro acuerdo cupular. Esperemos que no sea así.

@chuyramirezr
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