Ilustración: Esmirna Barrera

Entre los primates, comer un plátano equivale en los humanos a fumarse un cigarrito después del acto del amor

 

Marcina y Dulcilí, mujeres en edad de merecer pero que nada habían merecido aún, fueron al zoológico. Un atavismo misterioso las llevó a la jaula del gorila. Cuando el cuadrumano vio a aquellas féminas en buena carnadura, sintió el mismo impulso que mueve a todas las criaturas y que ninguna puede resistir. Lo dijo Horacio en una de sus célebres Epístolas, la décima: Naturam expellas furca, tamen usque recurret. Podrás expulsar a la naturaleza con un tridente; ella regresará enseguida. Movido por ese instinto, el gorila se golpeó el formidable pecho con los puños al tiempo que lanzaba selváticos bramidos; con fuerza descomunal dobló los barrotes de su jaula, y gruñendo y bufando se precipitó sobre las asustadas jóvenes. Echó por tierra a Dulcilí –fue la que tuvo más a mano– y ante los azorados ojos de Marcina, sació en ella los rijos largamente contenidos que por causa de su prisión no había podido desfogar. Después, ya sosegado, volvió a su jaula y procedió a comerse un plátano. Al parecer dicha costumbre es, entre los primates, la que equivale en los humanos a fumarse un cigarrito después del acto del amor. Dulcilí se compuso las descompuestas ropas; se arregló el cabello y caminando con paso vacilante se alejó del lugar de los hechos acompañada por su amiga. Al día siguiente Marcina la llamó por teléfono. Le preguntó: “¿Has tenido noticias del gorila?”. “Ninguna –respondió extrañada Dulcilí–. ¿Qué novedad podía esperar?”. Replicó Marcina con acento de desilusión: “Pensé que por lo menos te iba a enviar un ramo de flores para disculparse”… Don Astasio regresó a su casa después de su jornada de ocho horas de trabajo como tenedor de libros en la Compañía Jabonera “La Espumosa”. Colgó en la percha su saco, su sombrero y la bufanda que usaba incluso en los días de calor canicular, y luego encaminó sus pasos a la alcoba a fin de reposar un poco antes de la cena. Lo que vio ahí lo hizo suponer que la cena se retrasaría. Lo and behold –esa expresión bíblica es en inglés lo mismo que en español la locución “he aquí”– que su mujer estaba en el lecho conyugal refocilándose con un mancebo en quien el coronado esposo reconoció al repartidor de pizzas. Nada dijo don Astasio. Fue al chifonier donde guardaba una libreta en la cual solía anotar inris y pesias para nocir a su mujer en tales ocasiones. De vuelta en la recámara le enrostró la última que había apuntado: “¡Carcavera!”. Con tal nombre eran llamadas antiguamente las mujeres que ejercían la prostitución en las cárcavas, zanjas abiertas por el agua a la orilla de los caminos. En seguida se volvió don Astasio al mozalbete. “Y usted, joven cebollino, mejor haría en cumplir con su trabajo sin perder el tiempo en devaneos que no lo ayudarán a tener éxito en la vida. Le recomiendo el libro “Hace Falta un Muchacho”, del señor Cuyás. Su lectura le servirá para orientar mejor sus pasos”. “Discúlpeme, caballero –se justificó el desaprensivo chicarrón–. Disponía yo de 29 minutos para entregar la pizza, y la entregué en 9. Me quedaron, pues, 20 minutos para mí. En algo los tenía que emplear”. Don Astasio desoyó esa explicación y se dirigió de nuevo a su mujer. Le dijo: “Mal haces en faltar así a la fe que juraste al pie del ara el día de nuestras nupcias”. “Perdóname –respondió bastante apenada doña Facilisa–. En adelante procuraré serte fiel con mayor frecuencia”. No habló más el mitrado marido. Salió del aposento y fue a su estudio a revisar su colección filatélica en tanto su esposa se desocupaba e iba a la cocina a calentar la pizza para la cena… FIN.