A Mafe en su cumpleaños.

La clase media es un concepto elusivo por su falta de precisión empírica. Básicamente, son definidas por la ocupación, el nivel de ingreso y la capacidad de consumo de sus integrantes. Sin embargo, la precisión de esos criterios es difusa; porque puede integrar personas ubicadas apenas por encima del nivel de pobreza hasta cercanas a los estratos altos de la sociedad. En ese espectro están personas con empleo o actividad formales, pero también las hay –y muchas– sin empleo formal y con actividad económica informal. De esta manera, los sectores –propiamente– de clase media y populares se fusionan.

Por ello, en México es posible integrar en esa noción de clase media al 40.3 por ciento de trabajadores de la economía formal con el 56.7 por ciento de la informal, más micro, pequeños y medianos empresarios y comerciantes.

Esta definición amplia de clase media es un caldero en el cual coexisten y debaten ideologías conservadoras y progresistas. Ahí hierven, por ejemplo, la lucha en contra y a favor del aborto; la normalización del patriarcado y su crítica; el rechazo y la aceptación a la diferencia representada por las preferencias religiosas y sexuales; el desinterés y el compromiso por la política; la indiferencia y la exigencia a los políticos para rendir cuentas; el desahogo pasivo y el activismo político. En fin, en ese caldero hierven las ideas distintas y encontradas en búsqueda de un diálogo abierto, tolerante y respetuoso para dar vida –imperfecta pero fluida– a nuestra democracia.

El espejo de ese caldero son los medios de comunicación y las redes sociales.

Esa clase media es la más sufrida por el congelamiento de sus salarios por décadas, no relacionado con su productividad laboral que impacta en tres sentidos: un menor consumo familiar; una falta de movilidad social y la expulsión del trabajador formal a la economía informal.

Durante esta pandemia, por ejemplo, la clase social más afectada ha sido la clase media.

¿Por qué llegó el tiempo de esa clase media mexicana; estancada económicamente por las últimas tres décadas, frente a los grupos de mayores ingresos y recursos (OCDE: 2019) en ese caldero en el cual hierven sin cocerse todavía las ideas de nuestra democracia?

C. Wright Mills (1916-1962), brillante sociólogo norteamericano, decía que la biografía del individuo está en permanente diálogo con la historia para entender cómo la sociedad (y sus estructuras) moldean sus posibles futuros como persona e integrante de una clase social.

Hoy, en México, los integrantes de esta clase media –de parámetros difusos– ha entendido una cosa como reclamo puntual de nuestra historia: hayan votado o no por Morena la 4T reciclará su estancamiento económico, reducirá su capacidad de consumo, limitará –aún más– su movilidad social, incrementará la economía informal, negará apoyo a los micro, pequeños y medianos empresarios y comerciantes, restringirá sus libertades individuales –en general– y controlará –poco a poco– su libertad de expresión en redes sociales –en particular.

La comprensión ideológica de esta realidad –como futuro inmediato– por parte de los integrantes de esa clase media va del extremo conservador (“FRENAAA”) al progresista (“Sí Por México”) con un común denominador: movilizar a sus compañeros de clase media para ganar el Congreso federal en 2021, la no revocación del mandato de AMLO en 2022 y la presidencia de la República en 2024.

Esos clase medieros entienden que este es su tiempo porque la coyuntura definida por la defensa de sus intereses económicos y políticos les obliga a entrar en diálogo con la historia y adquirir un protagonismo inédito; porque más allá de sus diferencias ideológicas internas, está en riesgo cualquier futuro aspiracional de mejora para ellos.

Por eso, con la claridad de saberse desplazados del modelo económico neoliberal y del nudo “mixteconómico” de la 4T; ellos saben de su obligación ante sí mismos y la historia: defender su futuro en las urnas en 2021, 2022 y 2024.

Su tiempo ha llegado.