Los ajustes en el gabinete hace unos días fueron meramente para reducir costos operativos. Próximamente habrá otros con diferente intención: lanzar a miembros del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, a candidaturas de elección popular. Por ahora nada es definitivo, como advirtió el Presidente la semana pasada, salvo Alfonso Durazo, secretario de Seguridad, que para noviembre deberá estar iniciando formalmente su campaña para gobernador de Sonora.

Los ajustes al gabinete y el anuncio de López Obrador que más vendrán, fue lo que sobresalió en el casillero electoral, pero no es lo más importante desde el punto de vista de estrategia electoral. Lo trascendente es la forma como el Presidente reorganizó a su equipo para conciliar de manera absolutamente integrada los programas sociales, a las necesidades que tiene para no perder la mayoría absoluta el próximo año en las elecciones intermedias federales. Si López Obrador quiere consolidar sus cambios y tener una segunda parte del sexenio galopante y sin turbulencias en su marcha, la conquista de San Lázaro es fundamental.

Una pieza le faltaba para tener armado el engranaje, era la cabeza de la Secretaría de Desarrollo Social, donde movió a su titular, María Luisa Albores, a la Secretaría del Medio Ambiente, y colocó en su puesto a Javier May. Albores tenía una formación agrarista –incluso la propuso como secretaria de la Reforma Agraria en el gabinete que armó en 2012–, y escasa experiencia política-electoral salvo por tres años que presidió Morena en Puebla, mucho tiempo antes de que el partido fuera una fuerza electoral respetable. May es otra cosa.

May es uno de los tabasqueños que han acompañado a López Obrador desde hace casi 30 años en sus distintos esfuerzos político-electorales. Participó en la campaña para gobernador en Tabasco, que perdió con Roberto Madrazo, y fue uno de los que viajaron hasta la Ciudad de México en las marchas políticas de los 90 que le dieron presencia nacional. May pertenecía a una de las corrientes del PRD en Tabasco cuando López Obrador era el líder estatal del partido, que jefatureaban Octavio Romero, actual director de Pemex, y Alberto Pérez Mendoza, su amigo de juventudes y brazo derecho, que murió en 2013.

Otro tabasqueño que encabezaba una corriente distinta dentro del PRD en Tabasco, en tiempos de López Obrador, es Fernando Mayans, a quien el Presidente incorporó a su gobierno y hace varias semanas, discretamente, lo sumó a la construcción de la estrategia electoral. Mayans fue senador durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, sucediendo a Rosalinda López, miembro de aquella facción y actual esposa del gobernador de Chiapas, quien está en la Administración General de Auditoría Fiscal del SAT. Su hermano Adán Augusto, que estaba en esa misma corriente del PRD, es gobernador de Tabasco.

Mayans trabaja con Gabriel García Hernández, que ocupa el cargo de coordinador general de Programas para el Desarrollo, y es el responsable de los delegados federales, cuyo diseño es que sean ellos quienes controlen los recursos del gobierno federal y los distribuyan de acuerdo con las instrucciones que llegan de Palacio Nacional. García Hernández, quien hizo el padrón de Morena y está realizando el de los beneficiados de programas sociales, tiene una oficina contigua a la del Presidente en Palacio Nacional, y enorme poder para evitar que recursos presupuestales necesarios para mantener y conseguir votos se interrumpan.

García Hernández trabaja estrechamente con una persona que pocos fuera de los círculos de poder de López Obrador han escuchado hablar, Baldemar Hernández, un politólogo catedrático de la Universidad de Tabasco, amigo de López Obrador desde hace 40 años, que manejó los recursos financieros de la Secretaría del Bienestar hasta julio pasado, cuando fue nombrado director general de la Financiera Nacional de Desarrollo Agropecuario, Rural, Forestal y Pesquero.

Hernández es una de las pocas personas a las que López Obrador escucha, y alguien quien, dentro del círculo más confiable del Presidente, llega a persuadirlo sobre qué acciones tomar. La mecánica de trabajo con García Hernández es que se encarga de hacer que los recursos que les da la Secretaría de Hacienda se distribuyan en donde le interesa al Presidente, a partir de cuáles son las secciones electorales y los distritos a donde deben llegar los programas sociales, que le indica el consejero presidencial.

En el núcleo duro de López Obrador no puede omitirse a Alejandro Esquer, su poderoso secretario particular. Esquer fue secretario particular de López Obrador cuando era líder nacional del PRD y como sustituto de René Bejarano, en la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Fue el responsable máximo de la organización de la toma de posesión y quien decidió quién y en dónde, por ejemplo, se sentaban los invitados a Palacio. Él decidió, por ejemplo, que Letizia, la Reina de España, no podría estar junto a su esposo en Palacio Nacional y tendría que irse a la galería –para abrir espacio a los lugares pedidos por Estados Unidos–, que provocó que cancelara su viaje a México.

Esquer es sonorense, pero como García Hernández, originario de la Ciudad de México, ha sido parte de ese núcleo de poder tabasqueño que es para López Obrador una zona de confort y seguridad, y que han caminado, literalmente muchos de ellos, desde las marchas a la Ciudad de México en los 90 en protesta por lo que consideró fraudes electorales y en apoyo a los trabajadores petroleros de La Chontalpa. Ellos forman el corazón político de López Obrador, quienes están al frente de lo único a lo que verdaderamente le dedica tiempo el Presidente todos los días y en sus giras, el micro análisis electoral del país que le permita que su proyecto sea transexenal. Ese camino ya lo probó con gran éxito en 2018. Lo quiere repetir en 2021.

Raymundo Riva Palacio

Columna: Estrictamente personal