Hay distintas maneras de convivir con la literatura, diversos estilos y niveles en el amor libresco. “Me gusta leer”, he aquí la sentencia típica de aquellos que se encuentra en la epidermis del monstruo literario. Para ellos la convivencia permanece en una especie de paraíso de sensaciones y caricias prodigadas por argumentos ingeniosos de narrativa sexy. Es común que en esta etapa —si es que se trata de solo una etapa— no se manifieste un cariño verdadero por el libro como objeto. Sí, tal vez el lector se complazca en respirar sus páginas de vez en cuando, pero no pasará de ser una relación ocasional, tan así, que es muy probable que preste el libro: cosa terrible para aquel que ha penetrado más allá de la piel de las letras.

Signo de que la convivencia literaria se ha profundizado es el apego al objeto. Surge una fascinación por la posesión del libro ya no solo en su lectura, sino de manera material, prolongada y visible. Este tipo de lector sabe que volverá a esas páginas, y tal vez señale algunas de ellas mediante dobleces, subraye ciertas líneas o escriba comentarios en los márgenes. Todas estas, acciones que para un lector de lazos más fuertes con la literatura son por lo general funestas.

Puede ser que en estas primeras etapas comience la acumulación de libros. Algunas decenas de tomos que producen deleite al que los posee, pero sobre todo que invitan a tener más. También es común que en estas primicias lectoras se experimente con todos los género, sin discriminación editorial o de traducción. Pero si la pasión lectora crece se caerá irremediablemente en la selectividad del contenido y del objeto, dando lugar a la pasión libresca. Este paso en la convivencia implica desembolsar más dinero. La observación es poco romántica, pero cierta. En esta etapa el lector busca textos más específicos en ediciones cuidadas, papel y encuadernación de alta calidad, bien comentadas y bien traducidas: cualidades que rara vez encontraremos en libros baratos. Quien se identifique en esta categoría ya puede llamarse bibliófilo, más no bibliópata, como dice de sí mismo —con sarcasmo, por supuesto—  Luis Alberto de Cuenca.

Un bibliópata ha llevado la convivencia literaria al máximo nivel. Sus volúmenes se cuentan por miles y puede tener decenas de ediciones de un mismo título —o el mismo título de la misma editorial pero con distinta fecha—, y suele tener gran selectividad en la temática de los textos. El bibliópata invierte tiempo y dinero por en primeras ediciones o, si esto no es posible, en facsimilares. Dedica un esfuerzo considerable al aprendizaje de idiomas para poder acceder al texto original del autor, sin traductores intermediarios. Su lectura se ha convertido en estudio, reflexión y análisis. Esto no quiere decir que el placer se haya esfumado. ¡No!, el placer se ha robustecido en la profundización literaria y en la relación física con los libros, los cuales acaricia, huele y mima, los mantiene impolutos, sin doblez, inmaculados. El bibliópata nunca dice “me gusta leer”, no ha leído todos los libros de su biblioteca y rara vez se dedica a la promoción de la lectura.

Mucho tiene de adictiva la convivencia literaria y se manifiesta de diversos modos. Si en esta relación algunos han profundizado mucho y otros no tanto, no hay nada de malo en ello y tampoco de bueno, simplemente así es.