“Este pueblo sabe aplaudir, sabe rezar, pero sobre todo ¡sabe gritar!”. Lo decía el pontífice Juan Pablo II, cuya santidad ha sido reconocida en canonización.

Este pueblo es un pueblo de gritos. Hay un grito que viene de la íntima bodega que almacena las emociones y brota, como una erupción volcánica, cuando se escucha el terminar de una estrofa en una canción ranchera de rompe y rasga.

Surge en los graderíos deportivos el grito acompasado con estallido en el rra- rra- rra de la porra alborotadora, reforzada con aspavientos.
Todavía surge vivo, en varios pueblos y ciudades, el grito mañanero del vendedor ambulante. Se escucha el cante jondo del pequeño voceador que sostiene su nota ondulante –como de canto gregoriano– al anunciar la llegada de las noticias del diario local.

Ahí está el grito dolorido que rompe el silencio del minuto propuesto y, desde su herida, reclama restitución y justicia, mencionando la desaparición forzada que atropelló la convivencia familiar.

El grito clamoroso de la juventud universitaria, que no quiere violencia, se hace eco de gritos de hace décadas, anteriores a la sangre juvenil derramada en plena plaza. Se hizo grito silencioso de presencia y marcha, de recuerdo y de esperanza.

Se gritó en Dolores aquel día de rebeldía y de protesta. Su eco vuelve a resonar en todos los septiembre convertido en un ¡viva! de anhelo y esperanza. No se grita ¡vive! sino ¡viva! Imaginando un México libre, justo y próspero.

Es un grito que se vuelve clamor porque recoge todos los gritos, incluido el grito silencioso del pequeño que no podrá tener acta de nacimiento porque lo tratan como un tumor y lo asesinan sin culpa y sin defensa, privándolo así de nacionalidad.

Los gritos de la Historia desde los de las etnias despojadas y discriminadas son gritos culturales que sobreviven en el naufragio, conservando lengua, vestimenta y estilo de vida. Sigue resonando el grito del trabajador manual con ingreso cercano a lo mínimo, cuya canasta se convirtió en cestillo de insuficiencias y carencias.

Cuántos gritos más completan la estridencia concertada del grito en la plaza, en un 15 de septiembre, seguido de pirotecnia y jolgorio.
Un grito por la vida –¡viva!– en tierra de fosas y magnicidios, en que toda vida está en peligro. Estallará la alegría porque siempre hay hojas nuevas en el árbol de la esperanza y lo que se grita ahora se sueña para el porvenir.

Que el grito, que es hoy un rito de júbilo popular, se convierta en himno a la vida plena vivida por todos, sin amenazas ni violencias, en compromiso comunitario de respeto a su dignidad... ¡Qué el “viva” de hoy pueda ser mañana el “vive” de un México libre de violencia, corrupción e impunidad por esfuerzo de todos...