Estamos todos muy enojados, querido lector. Con algo, con alguien, con razón o sin ella. Nos da un poco igual si tenemos o no motivos, porque el enojo es tal que no admite ya los inconvenientes de la lógica: estamos enojados más allá de los límites de la lógica.

No es para menos. De la nada se nos apareció un quinto jinete del apocalipsis del que nadie nos había advertido, y llegó para quedarse un buen rato. Un bicho invisible, inaudible, inodoro, que se contagia sin necesidad de tener síntomas y que lo mismo mata, incapacita o, si es uno afortunado, no hace nada. Pero como no avisa y no parece funcionar con reglas claras y predeterminadas, es como el proverbial cuchillito de palo, ese que si bien no nos mata, tampoco nos deja vivir.

Una muy buena parte de nuestro enojo viene precisamente de la incertidumbre en la que vivimos, en la suspensión (que no sabemos si temporal) de todo lo que considerábamos nuestra “normalidad”, nuestra cotidianeidad. Escuela, trabajo, vida social y familiar, interrumpidas o, tal vez peor, reemplazadas por cosas que o no son del todo satisfactorias o resultan abrumadoras: piense usted en las reuniones virtuales lo mismo para socializar que para trabajar. Las primeras no terminan de llenarnos la boca, las segundas se vuelven una cadena interminable.

Luego están las malditas estadísticas, la danza de cifras que confunde, marea, aterra. Entre las oficiales, (en las que no acabamos de creer) y los rumores y especulaciones (a los que menos debemos de creer), todos son miles, decenas o centenares de miles, millones de casos en el mundo. Países que hacen pruebas y conteos con metodología diferente, unos en la pulcritud germánica, otros en la indisciplina latina, otros desde la abundancia de recursos o la absoluta carencia de ellos. Algunos más, entre ellos el  supuestamente más poderoso del mundo, EU, en una extraña mescolanza de métodos y políticas públicas que varían estado por estado y a veces condado por condado.

Otros, como México, en una ruta propia que se aleja de todas las tendencias mundiales y que nos hace temer lo peor: la falta de pruebas solo aumenta la incertidumbre y hace plausibles los escenarios más catastróficos, y a falta de explicaciones coherentes todo queda sujeto a la interpretación. Un gobierno que destina mucho tiempo valioso de sus altos funcionarios para informar sobre la pandemia termina dejando enormes lagunas que, hay que decirlo también, sus opositores no dudan en tratar de llenar.

Pero permítanme regresar a nuestro enojo. Ya les di varias razones para tenerlo, ahora tratemos de explorar qué hacer con él. Y es que no basta estar enojados o indignados si no aprovechamos toda esa energía que se nos acumula y agolpa, que nos rebasa.

Nuestro enojo viene del temor, de la incertidumbre. Nuestras respuestas más básicas, más instintivas, son la huida o la lucha, ambas imposibles ante el enemigo invisible y omnipresente. Y eso nos deja entonces con la falsa salida de la agresión a terceros, que o no deben o  no merecen los niveles de ira que sobre ellos descargamos.

Estamos frente a una crisis mundial sin precedentes. Esta frase, cierta hace tres o cuatro meses, cobra mayor vigencia con cada día que pasa y nos confirma que sin vacuna y sin cura todos los esfuerzos resultan insuficientes, que la reapertura plena es imposible sin disciplina social y sin mayor conocimiento acerca de cómo se comporta el virus que aflige al mundo.

Los enojos, los agravios, las culpas, los dimes y diretes resuelven bien poco, no sirven ni siquiera para desahogarnos a gusto. Debemos buscar otras cosas que nos ayuden a salir ante la incapacidad/imposibilidad gubernamental de hacerlo: solidaridad, conciencia cívica, corresponsabilidad, empatía son conceptos que me vienen a la mente.

Los invito a que reflexionemos sobre ello, a ver si algo positivo logramos sacar.