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El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial (BM) coinciden, desde su perspectiva que México crecerá sólo 2.1% en 2016. Esto representa una mala noticia: no solamente reducen su expectativa de incremento del PIB, implícitamente indican que lo peor está por llegar. 

Hasta julio, la economía nacional registró un avance de 2.3%: para que se cumpla el vaticinio de los organismos internacionales antes citados, el País deberá crecer menos de 2% en los últimos 5 meses del año. Por tanto, las “tormentas” anunciadas desde el Banxico comienzan con una expectativa de nubes negras.

Además, se debe considerar el reconocimiento que el Banco Mundial realizó de que no sabe qué está pasando en la economía mexicana. Dado que ya se aprobaron las reformas estructurales que se consideraban esenciales para impulsar el sector productivo de México, para dicha institución es un “misterio” el por qué no existe un mayor crecimiento. 

Evidentemente que el BM no puede reconocer que el modelo económico aplicado en el País no funciona, y que su estructura no corresponde con la realidad de la mayor parte de las empresas mexicanas.

Al no poder reconocer lo anterior, el Banco Mundial debe refugiarse en los argumentos del oscurantismo y la nigromancia económica: es un “misterio”.

Mientras tanto, las señales de la desaceleración siguen siendo más claras, aun para los más optimistas. La confianza del consumidor es uno de los ejemplos más recientes, el indicador de septiembre es el más bajo desde abril del 2010. 

El debilitamiento en la confianza ya se refleja en un menor consumo privado de las familias. En cifras originales, la tasa de crecimiento de julio (2.2%) es la menor desde abril del 2015. Poco a poco, los efectos del menor crecimiento llegan a los hogares, y lo hacen a través de la creación de empleo precario, de aquel que paga menos de tres salarios mínimos.

Las empresas dejan de invertir, la contracción de (-) 3.6% en julio, provocó que la tendencia de la variable sea negativa. Sin inversión no hay posibilidades de incrementar el nivel de empleo, mucho menos de fortalecer las capacidades productivas que permitan mejorar las condiciones laborales.

Los precios al productor reflejan que las empresas enfrentan costos cada vez mayores: el Índice Nacional de Precios Productor (INPP) se ubicó en 6.2% durante el mes de septiembre. La razón fundamental se encuentra en el encarecimiento de los insumos intermedios, desde enero la variación de este componente pasó de 0% a 6.8% en el noveno mes de año. Sin lugar a dudas que la depreciación del peso es la causa. México es un país importador de bienes intermedios: los 300 mil millones de dólares que se compran al exterior cada año son comparables con el PIB de Singapur o Israel. La dependencia respecto a los insumos extranjeros impide aprovechar la depreciación del peso y por el contrario representa un incremento en los costos de producción de las empresas mexicanas. La afectación más fuerte es para aquellos negocios importadores que envían sus productos al mercado interno.

El bajo crecimiento de la economía, el encarecimiento del dólar, de los combustibles y de la energía eléctrica constituyen un lastre para las empresas. No es un buen entorno para los negocios. Por ello los indicadores de confianza empresarial del sector de las manufacturas, construcción y comercio se encuentran por abajo del umbral de crecimiento desde enero del 2015.

Sin lugar a dudas que esto constituye un golpe directo al corazón de la economía: de acuerdo al INEGI, el sector privado genera el 83.5% del valor agregado. Sin la confianza e inversiones empresariales el país no crecerá.