Ilustración: Esmirna Barrera
El coronavirus nos ha llevado a dimensionar lo sustancial de lo efímero, lo valioso de lo circunstancial

En recuerdo de mi padre.

Las circunstancias actuales nos han volteado de tajo los prismáticos. Y díganme si no. Tal vez muchos de nosotros hemos visto cerca lo que está lejos, claro mediante el uso de los binoculares que sirven para ampliar la imagen de los objetos distantes, para ver a lo lejos objetos que no se pueden ver bien a simple vista; pero ¿qué sucede si le damos vuelta a esos gemelos? Entonces veríamos que todo se ve pequeño y bien lejos. Entonces tendríamos la sensación de que, aun cuando algo estuviera cerca, se vería lejos.

El coronavirus nos ha obligado a darle la vuelta a los prismáticos para dimensionar lo sustancial de lo efímero, lo valioso de lo circunstancial, sencillamente para ver que los problemas que tradicionalmente nos atormentaban, en mucho, eran solo fantasmas imaginarios a los que les permitimos apoderarse del timón de la existencia a costa de la libertad y la felicidad.

Al darle la vuela a los prismáticos descubrimos, por ejemplo, tanto que se ha recibido y lo poco que hemos agradecido, la abundancia de luz que se nos obsequia y la inmensa sombra que uno en ocasiones da a los demás, lo mucho que se ha tenido y lo poco que se ha compartido, los silencios obviados y las palabras habladas, los minutos no gozados, las sonrisas escatimadas y los rostros endurecidos, la ácida crítica,  la verdad guardada y la mentira dada. Y todo por vivir cegados a eso que la vida gratuitamente ofrece.

El coronavirus a puesto, en primera persona, el sentido de la fragilidad, de la temporalidad. De la mortalidad.

ENTONCES

Posiblemente una de las barreras más grandes para adquirir plena conciencia de la responsabilidad que cada ser humano tenemos hacia nuestra personal existencia, sea la quimera de pensarnos físicamente inmortales, sea el hecho de creer que tenemos todo el tiempo del mundo para hacer, cada día, lo que debemos de hacer.

A pesar de nuestras interminables incertidumbres e inseguridades, de saber de nuestra temporalidad, de comprender que “somos seres para la muerte”, es común que nuestros pensamientos y actitudes se escapen de esta realidad y entren en el universo ilusorio de la perpetuidad, paradójicamente, relegando todo aquello por lo cual vale la pena vivir.

Y pensarnos físicamente inmortales es, precisamente, lo que impide captar la belleza del momento, lo que evita que nos sintamos a gusto con lo que somos y tenemos, lo que incomprensiblemente provoca que vivamos a toda prisa, siempre compitiendo, que nos desesperemos, que despreciemos eso que en la vida realmente es bueno buscar: las pequeñas cosas que brindan felicidad.

UNA QUIMERA

Es curioso como el falso sentido de inmortalidad confunde y engaña al inducirnos por las cosas insignificantes, como si la vida siempre nos fuera a dar el tiempo suficiente para volver a recoger lo que dejamos a la deriva del camino o eso que ignoramos al caminar. También, esa sensación de permanencia provoca que magnifiquemos los problemas y que las trivialidades las vistamos de importancia.

Al pensarnos imperecederos, despacio morimos sin siquiera verdaderamente conocer a las personas que nos aman; nos vamos sin saber la riqueza de los anocheceres y amaneceres, sin saborear tantos y tantos sabores, sin haber contemplado lo vasto de la creación, sin haber sido envueltos por la magia del humor, la risa y la auténtica amistad. 

En muchísimas ocasiones esta manera de existir hace que pidamos más de lo que tal vez merecemos, o bien, que caigamos en estériles quejas, en lamentaciones y sufrimientos innecesarios, hasta el día en que sabemos que en verdad vamos a morir y entonces viene el remordimiento por el tiempo  que generosamente desperdiciamos al paso de los años.

Pero, fundamentalmente, ese artificial sentido de eternidad biológica provoca que malgastemos la capacidad cotidiana de amar, de asombrarnos ante tantas cosas que la vida nos regala de instante a instante, al generar una rutina que conduce a la mediocridad,  a carecer de ideales y prioridades,  desbordarnos  cómodamente en el desánimo o aburrimiento. Y todo por no apreciar el valor presente de la existencia.

ANA FRANK

Ana Frank -la joven judía que vivió confinada un tiempo larguísimo y que luego murió en un campo de concentración- nos invita a reflexionar sobre la importancia de saber vivir día a día, sin la pretensión de creernos inmortales, cuenta en su diario: "la guerra persistirá mientras la humanidad no sufra una enorme metamorfosis. Las reconstrucciones, las tierras cultivadas volverán a ser destruidas. Y la humanidad tendrá que volver a empezar de nuevo. Con frecuencia me he sentido abatida, pero nunca aniquilada. Considero nuestra estancia aquí como una aventura peligrosa que el riesgo convierte en romántica e interesante. Considero cada privación como una cosa divertida para comentarla en mi Diario. Me he metido en la cabeza, de una vez por todas, llevar una vida diferente al de las buenas amas de casa. Mis primeros pasos no están mal y esto es lo que me permite reírme de una situación en medio de los mayores peligros. Soy joven, deseo ardientemente vivir la gran aventura que forma parte de mí misma. Muchas cualidades aún están adormecidas en mi alma y no quiero pasarme el día quejándome. Me favorece mi naturaleza expansiva, mi alegría y mi valor. Cada día me siento crecer interiormente, siento que se aproxima la libertad, siento la belleza de la naturaleza y la bondad de los que me rodean. Tengo la plena conciencia del interés de esta aventura. ¿Por qué habría de desesperarme?"

Este pensamiento permite ver que en ocasiones somos arrogantes con la vida, por ejemplo al no considerar lo que ya tenemos, como la libertad, la movilidad, el trabajo por más humilde que éste sea, pasar tiempo con la familia, sentirnos agradecidos por la salud, o por esa dolencia que nos recuerda lo mortal que somos, o por esa comida que disfrutamos y que millones de personas no la tienen, o por esos amigos auténticos,  o por ese café caliente que gozamos por las mañanas, o  por ese caminar por la alameda; en fin, por tantos momentos que gratuitamente podemos disfrutar.  

Ana Frank clarifica que la persona que encuentra un motivo por el cual vale la pena vivir, descubre también un motivo por el cual vale la pena entregar la vida entera, y que, en definitiva, siempre existirán inspiraciones que conducen a esta realidad.

Que lástima que gran parte de la existencia, por sentirnos inmortales, dejemos de gozar verdaderamente cada minuto. Es triste que la jactancia nos carcoma el alma, nos impida comprender que solamente tenemos este justo momento para respirar, para sentirnos agradecidos con Dios; tal como Ana Frank, en tan descomunal adversidad, se apreciaba retribuida por la vida y por Dios también.

ORGULLO…

Al escribir esto recuerdo  las  tremendas palabras que se leen en la parte superior del viejo arco que sirve de puerta a un cementerio en un antiguo poblado de escasos 5000 habitantes, llamado “Baca”, allá en Yucatán, y que reza así: "El orgullo mundanal aquí termina".  

Que gran verdad, ahí es donde todos nuestros frenéticos y alocados andares exactamente terminan. Es ahí, en el frío y sereno camposanto, en donde el soberbio sentido de la inmortalidad física, inevitablemente sucumbe para siempre. Y es ahí, en ese lugar, en dónde nos deberíamos preguntar, de tiempo en tiempo, si en verdad vale la pena lo que cotidianamente estamos pensando, haciendo y viviendo.

Mientras estemos aquí, vale la pena vivir, vale el sufrimiento, vale la alegría, valen los errores, valen los aciertos, valen las caídas, valen las levantadas, valen las tormentas, pero vale también la paciencia y la calma. 

Mientras aquí estemos tendremos que aceptar nuestra frágil existencia, nuestra mortalidad biológica, sabiendo que existen innumerables realidades por las cuales vale la pena vivir, soñar, llorar, reír, emprender y sobretodo amar; pues finalmente, somos “seres finitos”, pero también “eternos”.

Observar los prismáticos por el lado opuesto, nos ha permitido constatar nuestra inmanente fragilidad, pero también descubrir la inmensa reserva de solidaridad que todos poseemos.

cgutierrez@tec.mx

Programa Emprendedor

Tec de Monterrey Campus Saltillo