Alejandro Medina
Alertas y sonrientes, los campechanos, comparten su espacio vital pletórico de construcciones coloniales que varias veces fueron incendiadas por piratas y filibusteros

Los expertos dicen que las personas se parecen a las ciudades que habitan. Pero esta aseveración es falsa del todo cuando conocemos a los campechanos de la ciudad capital de este territorio en el sureste mexicano.

La ciudad de Campeche que es Patrimonio Cultural de la Humanidad, está amurallada, al menos la porción que corresponde a su centro histórico, pero los campechanos son campechanos. Alertas y sonrientes comparten su espacio vital pletórico de construcciones coloniales que varias veces fueron incendiadas por piratas y filibusteros.

Su cultura intangible es memorable pero lo que salta a la vista en la ciudad de Campeche es la seguridad pública, y la limpieza de sus calles que casi se inundan cuando llega la lluvia.

Un buen sistema de  movilidad urbana, suficientes transportes públicos y taxis hacen que los visitantes se sientan tranquilos, sin la zozobra de quedarse anclados en restaurantes o museos. Ese es uno de los mejores secretos de esta ciudad sorprendente.

El 17 de julio fue nombrada Capital de la Crónica en México en el Centro de Convenciones “Campeche XX” por la Asociación Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas (ANACCIM) y aunque el alcalde no acudió a la ceremonia de inauguración del Congreso de Cronistas, y fue un representante del gobernador, lo que contó fue la participación de un grupo de  jóvenes y señoritas al mando de José Manuel Alcocer Bernés quien desde ese día preside la asociación cuyo mando recibió de expresidente inmediato Carlos Cosgaya Cronista de Valladolid, Yucatán, que le impuso la venera que le da el carácter de líder de los cronistas.

El hecho de que no importe tanto la presencia de las autoridades y sí, la eficiente colaboración de los verdaderos anfitriones y que los protocolos no sean tan importantes, es otro secreto.

Caminar por el malecón y por el centro histórico es una delicia, podría decirse que Campeche es una ciudad prototipo de ciudad sustentable, porque su plano urbano está a escala humana, se puede disfrutar por sus habitantes y los turistas no hacen mella de este disfrute, porque no son demasiados, afortunadamente.

Conocí algunos municipios cercanos. Nos llevaron a Cankiní en donde hubo una sesión extraordinaria de cabildo en el que las regidoras portaron vestuarios tradicionales y los regidores usaron impecables camisas blancas.

En Cankiní hay respeto por las autoridades, su alcalde Roque Sánchez Rolib jugó como tercera base de Los Piratas de Campeche y luego fue su manager antes de ingresar a la clase política. Por lo visto es una persona muy querida y no sufre los descalabros del ex futbolista que ahora gobierna el Estado de Morelos, que es otro cantar. Nos llevaron también a la Villa de Becal, en Cankiní en donde se confeccionan sombreros con una fibra vegetal llamada Jipi Japa.

En Pomuch, Hecelchakan, la costumbre que tiene la comunidad de acudir a los cementerios para limpiar los huesos de sus difuntos después de que pasan tres años de haber muerto, me pareció un acto de un profundo amor. Un secreto profundo.

Al campechano no le gustan las formalidades más que las indispensables, a los campechanos les gusta la danza de la vida: ese es su principal secreto.