Llegó sin avisar y se presentó a sí mismo:

-Soy el número uno.

Yo he aprendido a sospechar de quienes dicen ser el número uno. Generalmente no son ni el dos, ni el tres ni el cuatro. Si alguien dice que es el número uno, eso automáticamente lo descalifica para serlo. Aun así le pregunté:

-¿En qué puedo servirlo?

Me respondió:

-Diga usted en su columna que yo soy el número uno.

-Tendrá que perdonarme –contesté–, pero no puedo hacer tal cosa. Si dijera eso se molestarían otros que han venido a decirme que son el número uno.

-Son falsos –replicó–. El único número uno verdadero soy yo.

-Los demás dicen lo mismo –opuse–. Y son 14. Lo más que puedo hacer es decir que es usted el número uno número 15.

El supuesto número uno ya no me dijo nada. Se alejó murmurando entre dientes no sé qué. Pensé entonces que quizá sí era en verdad el número uno. Los que dicen ser el número uno son siempre descorteses.

 

¡Hasta mañana!...