Aún no llega el invierno, pero las noches en el Potrero de Ábrego ya son invernales.

Arde la leña en el fogón de la cocina, y borbollea en la olla el agua para hacer el té de menta o yerbanís. La sobremesa es larga después de acabada la cena; con algo hay que acompañarla.

Doña Rosa cuenta una más de las muchas cuentas que con ella tiene don Abundio, su marido. Oímos su relato mientras bebemos a tragos lentos nuestro té.

—Este cabrón se conchabó con la tal Mencha, la esposa del compadre Mino, y le dijo que esa noche la esperaba en la cuestecita. Haría como coyote para avisarle que ya estaba ahí. Pasadas las 11 empezó a aullar: “Au, au”.  Salió el marido y le dijo: “Cállese y váyase, compadre. Yo también he sido coyote”.

Menea la cabeza don Abundio y dice con enojo:

—Vieja habladora.

Doña Rosa hace con índice y pulgar  el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura con solemnidad:

—Por ésta.

 

¡Hasta mañana!...