Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que amó y fue correspondido, dio un nuevo sorbo a su martini –con dos aceitunas, como siempre- y continuó:

-Cierto predicador quiso saber si tenía yo en mi biblioteca los libros sagrados. “Claro que sí –le contesté-. Tengo La Ilíada y La Odisea; la Comedia de Dante; las obras de Shakespeare; el Quijote de Cervantes; la poesía de San Juan de la Cruz; las novelas de Tolstoi, Balzac, Dostoievski, Flaubert, Dickens…”.

-Se molestó el predicador –siguió diciendo Jean Cusset-, pero yo creo que en esos libros está lo más sagrado que en el hombre hay: su humanidad. En ellos late un espíritu que muchos calificarían de divino. Por obra de la palabra escrita somos lo que somos. En los grandes libros estamos todos los hombres. Por eso son sagrados.

Así dijo Jean Cusset. Y dio el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre.

 

¡Hasta mañana!...